La Gran Evasión

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jueves, 16 de mayo de 2024

414 - Plan Diabólico - John Frankenheimer 1966

 Resetear una vida más allá de la cincuentena es una oferta suculenta, disponer de una segunda oportunidad. Para un tipo reservado y hastiado de una vida monótona, trabaja en un banco, casado con una mujer con la que ya solo conversa y acompaña en las comidas. El señor Hamilton -John Randolph- acudirá a la cita, caerá en las fauces de la corporación, no puede evitar volver a leer el trozo de papel que le han entregado, la dirección, la llamada nocturna de un amigo de la universidad que creía muerto…

La puesta en escena hipnótica y kafkiana, la asombrosa factura técnica del maestro James Wong Howe. En la secuencia inicial la cámara sujeta al pecho del actor con arneses, vemos media cara y caminamos tras el infausto ciudadano, el uso del ojo de pez, los ángulos inclinados, la profundidad de campo, la lente distorsiona las paredes, los techos, y nos engulle una sensación plomiza y febril. 

Un hombre solo entra en una tintorería con dos personajes insólitos que no responden a sus preguntas, y un posterior matadero, metáfora de donde se está metiendo. 

Un mundo de renacidos. Al señor mediocre se le garantiza un nuevo perfil, una vida intensa, y un rostro como el de Rock Hudson, ¿qué más se puede pedir? Y, sin embargo, no funciona la quimera, es imposible olvidar los recuerdos, renunciar a la identidad de uno mismo, que, aunque se sintiera bastante infeliz, al fin y al cabo llevaba una vida sin sobresaltos, veraneaba con su mujer y su canoa, veía a su hija de vez en cuando, todo eso quedo en nada. En uno de los encadenados momentos siniestros del film, el anciano directivo de la empresa -Will Geer - espeta al señor indeciso: “Su vida anterior no era nada”.  

Un pintor atractivo que acude a fiestas y vive en una casa junto a las playas de Malibú. ¿Hasta qué punto el cambio radical de aspecto puede borrar el pasado, los recuerdos, la esencia del mismo ser?

Frankenheimer en un principio quería a Kirk Douglas, después a Lawrence Olivier, desdoblándose en el papel del protagonista, finalmente aceptó la idea de que fueran dos actores diferentes para cada etapa, dos trabajos excelentes lo de ambos, John Randolph y Rock Hudson. En una de las escenas claves del film el hombre con el rostro transformado por la cirugía irá a visitar a su esposa, allí contemplará su vida incompleta, su destino enterrado para siempre. 

Esta noche soñamos con una llamada que nunca llega en la sala de espera…

Zacarías Cotán, Salvador Limón y Raúl Gallego

 
  





























sábado, 28 de septiembre de 2019

242 - El Tren - Frankenheimer 1964

El valor y la resistencia en los últimos días de la ocupación. Una misión complicada: impedir a los alemanes llevarse un cargo de obras de arte, la gloria de Francia, y un dilema moral, ¿es ético sacrificar la vida de personas por impedir el expolio?.
El mejor ferroviario, Burt Lancaster, líder de los resistentes, Labiche, lo tiene claro, no sacrificará más vidas por unos cuadros. Una excelente puesta en escena, el vibrante montaje propulsa la máquina al mismo ritmo que el film, la fotografía granulosa de grises de hollín, negros de traviesas quemadas, blancos de vapores entre los que asoma la efigie de Papa Boule (Michel Simon) al frente de su locomotora, y una sucesión portentosa de travellings, panorámicas, encuadres angulados, primeros planos del sudor desesperado del coronel Von Waldheim (Paul Scofield), antagonista de Labiche, obsesionado con llevarse las pinturas a Berlín, de la tristeza callada de una Jeanne Moreau contenida, fuerte, femenina, salvará la vida del protagonista en dos ocasiones.
Frankenheimer, uno de los más brillantes de la aclamada generación de la televisión, tomó el relevo de Arthur Penn, el primer elegido para dirigir El tren,  a Burt Lancaster no le convenció su toque intimista, quería más acción, más dureza, y no dudó en ponerse en contacto con el hombre que había sacado poco antes lo mejor de él, con Frankenheimer fue el fiscal de Jóvenes salvajes, el arisco convicto de El hombre de Alcatraz, el general de Siete días de mayo. En El tren un Lancaster metido ya en los cincuenta no esboza su sonrisa de pícaro, en gran forma física, se encuentra a sus anchas, no necesita doble para subirse de un salto a un tren en marcha, o tirarse por un terraplén haciendo equilibrios.
Uno de los bombardeos mejor filmados de la historia del cine, el de los aliados en la estación de Vaires, otra espectacular secuencia, la locomotora huyendo del Spitfire británico para refugiarse en el túnel, descarrilamientos, sabotajes, trabajo en equipo y sacrificio. Un maquinista inolvidable sabe utilizar cuatro francos grasientos, Papa Boule tuvo una novia, modelo de Auguste Renoir, que olía a pintura. Héroes anónimos que no han ido a un museo en su vida pero no dudarán en dar su vida por unas obras que no conocen, Didont quiere completar su última misión (Albert Remy, el padre de Antoine Doinel en los 400 golpes), Jacques Marin, el jefe de estación se amordaza a sí mismo, Christine, la regente del hostal dice al fin su nombre a Labiche, después de un silencio, el silencio de los caídos, porque nunca hubo heridos, sólo muertos. 

Raúl Gallego

Esta noche procuramos no descarrilar el tren de Radiopolis....

José Miguel Moreno, Zacarías Cotán, Gervi Navío y Raúl Gallego.


Artículo sobre El Tren, por César Bardés



El Tren contiene compromiso social y espectáculo, entretenimiento y dilemas morales. Es una pieza de orfebrería, con un ritmo y una atmósfera excepcional.
Se nota la manera de narrar de Frankenheimer, quizás el director más talentoso de esa generación de la televisión que revitalizó Hollywood en los sesenta. Su puesta en escena y su brío para la acción son indudables. El arranque de la historia, con ese primer ataque a la estación te dejan boquiabierto.

Un tren cargado de obras de arte que los Nazis quieren llevarse de Francia en las postrimerías de la ocupación; los ferroviarios franceses, infiltrados en la resistencia, son los verdaderos héroes de este episodio verídico de la segunda guerra mundial.
La película grita al mundo que no olvidemos el brutal sacrifico de esos civiles anónimos, que entregaron sus vidas para salvaguardar la Cultura y la Libertad de su país, la Gloria de Francia.

El reparto es magnífico, Labiche es Burt Lancaster, un alarde de actuación y poderío físico para encarnar a este héroe con las manos manchadas de aceite de locomotora, que cree que las personas, cree que sus vidas son más importantes que las pinturas,  pero lo entregará todo por cumplir la misión.
La visión elitista del arte la encarna el papel del Coronel Franz Von Waldheim, inmenso Paul Scofield, con un discurso final sobrecogedor, delimitando el acceso a la belleza, al arte... un sucio mono grasiento no sabe apreciarlo…
El contrapunto femenino es Jeanne Moreau, Christine, viuda, dueña de un hostal, que no quiere mas muertes, que sobrevive como puede, pero que también luchará por la única causa justa.

Además tenemos a Allbert Rémy, Howard Vernon, o Michel Simon, Papa Boule, otro personaje inolvidable, su mirada a Labiche tras ser descubierto el sabotaje, es de las que dejan huella.

Monet, Picasso, Cezanne, Matisse, Van Gogh…no hace falta que veamos los cuadros en sí, vemos las cajas que los contienen, con la esvástica marcada, arte degenerado para especular, arte en mayusculas que sólo una pocos saben apreciar, no……….El arte no tiene dueños, pertenece a todos y cada uno de nosotros.
El cine como arte, como identidad, el Tren de Joh Frankenheimer es una gran aventura, reflejo de la propia vida.

Gervasio Navío Flores


Frankenheimer Audiocomentario de José Miguel