La Gran Evasión

La Gran Evasión

viernes, 22 de septiembre de 2017

150 - Bird 1988


























El sonido de un saxo alto atraviesa la noche. Clint Eastwood nos trae a Charlie Parker, a Bird, la pantalla en negro, del escenario una figura recortada por las sombras eleva el Jazz a otra dimensión, un músico adelantado a su tiempo, un hombre destruido, envejecido, con apenas treinta años. En 1988 Eastwood regalaba a melómanos y cinéfilos una de sus primeras obras maestras, el retrato de una leyenda, Charlie Parker, su gloria y su derrota, asesinado en 1955, por el alcohol, la benzedrina, la marihuana, la heroína....por Bird...por la soledad y la angustia que acompañan a los genios, murió con 34 años pero su legado es eterno. Charlie Parker: Talento visionario, mezcla de técnica y velocidad, lógica y lirismo, pasión e inteligencia, iba mucho mas allá del terreno puramente experimental, el Jazz moderno nace de su búsqueda, de su saxo, de la otra mitad de su latido, de la trompeta de Dizzy Gillespie, de un puñado de jóvenes revolucionarios, Max Roach, Miles Davis, Monk, Powell, Potter, Jordan... Eastwood tuvo la ayuda de Chan, la viuda de Parker, que le entregó muchas grabaciones inéditas de solos del genio, Clint recurrió a su amigo y compositor habitual, Lennie Niehaus, un gran arreglista, además de un soberbio saxofonista que dominó la escena del West Coast Jazz, y sobre todo un admirador de Parker, para el reto que le propuso Eastwood consiguió algo fabuloso: unir ayer y hoy. Rescató esas grabaciones antiguas, las aisló con un descomunal trabajo de ingeniería musical, y se regrabaron los temas con músicos actuales de primer nivel. El trabajo es extraordinario, asistimos en primera fila a las actuaciones de Bird, literalmente volamos con él.
Sartre: “Los genios no conocen su propia valía” Bird si conocía la suya, pero esa consciencia nunca fue suficiente para espantar los demonios, o tal vez, la frustración de saberse el mejor y no recibir todo el reconocimiento que merecía fue lo que no le permitió salir de la espiral de autodestrucción que fue su vida. La fotografía es simplemente impresionante, el trabajo de Jack N. Green es increíble, una iluminación bajísima, prácticamente sombría. La oscuridad actúa como una gran metáfora de la visión trágica que Charlie Parker tiene de su propia vida, unas sombras que sólo se dispersan cuando el foco del escenario se enciende para él, o mejor dicho, la luz emana de su propia figura....Eastwood debe estar orgulloso de haber hecho realidad un viejo sueño, quizás, haya sido demasiado fiel al guión de Oliansky, pero el resultado es magnífico. Forest Whitaker era prácticamente un desconocido cuando Eastwood le ofreció ésta gran oportunidad, su interpretación es soberbia, llena de matices, contenida, es capaz de mostrarse frágil, sensible, encantador, un auténtico seductor y a la vez ser un tirano miserable, hundirse en el agujero de la heroína y el alcohol, dejarse arrastrar por sus demonios, incapaz de conservar aquello que más ama por culpa de sus propias debilidades, transformándose en el escenario, al instante siguiente, canalizando sus emociones y ese dolor a través de su música. Diane Verona, Chan, da la réplica a Whitaker con soltura, compone a esa compañera que lo ama profundamente, el refugio al que volver después de cada descenso.

Extasiados por el vuelo de Bird, dejamos que la torre de Radiopolis gima con la negrura de Parker.
A la dirección José Miguel Moreno, contertulios, Raúl Gallego, Gervi Navio, y desde el sanatorio de Camarillo, transcribiendo Jazz y Cine mientras el sol se oculta, nuestro crítico César Bardés.

Charlie Parker leía a Dylan Thomas, pero su poeta preferido fue siempre Omar Khayyam, os dejamos unos versos del alfarero persa y un Bonus track para los fieles que escuchan los podcasts hasta el final, el tema Embraceable you de las grabaciones para Dial Records en 1946. No hacen falta más palabras, dejen que Bird los arrastre y los envuelva con sus alas....
"Ven, llena la copa y arroja al fuego de la primavera tu invernal hábito de penitencia; el pájaro del tiempo está volando, y tiene corto camino para aletear."

 Gervasio Navío Flores.


 Artículo sobre Bird, por César Bardés


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viernes, 15 de septiembre de 2017

149 - Campanadas a Medianoche 1965

















¡Jesús, las cosas que hemos visto, Sir John!

Sentados en torno al fuego una noche de nieve, los dos viejos amigos recuerdan el tañido de aquellas campanadas a medianoche, por supuesto que las escucharon, aunque a Falstaff no le agrada recordar el pasado, asiente, cercano y apacible, recuerda y mira las ascuas que se consumen. Falstaff ama el sabor del jerez, el calor de las mujeres, la anciana posadera lo sabe bien, y quiere a ese rufián hinchado y vividor, como la ramera Doll, como el maquiavélico príncipe Hal, que ha conocido la vida de la mano de su maestro de juergas, de su tragón y burlesco compañero de correrías.  Falstaff es un niño, vive el presente, no mira al pasado, menos al futuro, tampoco cree en el honor, se hace el muerto en la batalla, es cobarde por instinto. Dénle un barril de vino y una pierna de buey y será libre.
Orson Welles impresionó con este brillante guión, fusión de pasajes de varias obras de Shakespeare, entre ellas Enrique IV, partes I y II, Enrique V, y Las alegres comadres de Windsor. El repertorio de planos fascina, con un dominio técnico digno de los grandes genios, las tomas en el castillo de Enrique IV, la luz que se filtra por los ventanales, el perfil de Gielgud entre sombras, Maese Shallow y Sir John caminando entre la nieve nocturna, Falstaff y su oronda armadura, los jinetes surgiendo de la bruma, planos con cámara al hombro en en la refriega sangrienta, sólo falta que el barro nos salpique.   El niño con barbas y nariz de bufón, el caballero borrachín no soportará la traición postrera. Arrodillado, humillado, la mirada rota y temblorosa. La grandilocuencia del maestro Welles ilumina las letras del bardo de los ingenios.

Raúl Gallego.

Esta noche acompañamos a Maese Shallow y Sir John por el bosque nevado y escuchamos las campanadas de otro tiempo…

José Miguel Moreno presenta, con Raúl Gallego, Gervi Navío, y nuestro crítico decine César Bardés.


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Los rayos de luz que hieren las ventanas de palacio parecen buscar al joven príncipe Hal para bañarle con el sol de su grandeza. Es posible que sea ya un joven perdido para regir los destinos de Inglaterra o, tal vez, puede que lleve sobre su cabeza parte de la culpa de su padre que obtuvo el trono con usurpación y alevosía. Para evadirse de su conciencia, comparte su tiempo con un viejo tonel de vino y lujuria llamado Jack Falstaff. Para Hal, Falstaff es su padre, el hombre con el que comparte tontas chanzas, burlas a la sangre real, pequeños atracos cuyo botín dura solo una noche y mujeres que saltan de cama en cama esperando el siguiente chelín. Sin embargo, hay algo más en todo ello. Falstaff, a través del juego y de la mentira, le enseña a Hal cuál es el destino que le espera, rodeado de falsedades, de falaces hombres que solo alabarán su realeza mientras conspirarán contra él, de amores mendaces y frugales, de amigos que le clavarán un puñal en la espalda en la primera oportunidad. Falstaff le enseña a Hal cuál será su reino y, por el otro lado, de qué se tendrá que preocupar.
El único error del viejo y gordo Falstaff es que esperará una recompensa que siempre le será negada. Él no puede ser el amigo para todo de un rey, ni su consejero más leal, ni el más cercano de sus súbditos. Falstaff está condenado a morir repudiado, con el cariño negado y en fuga, en un simple y viejo ataúd de madera que atravesará los campos yermos de su ilusión en busca de la siguiente correría de pícaro. Juntos oyeron las campanadas a medianoche, pero nunca podrán escuchar el canto del gallo.
Los excesos se pagan y Jack Falstaff pone la mano allí donde hay dinero, huye en la refriega más vital, se revuelca en el lecho con la mejor de las prostitutas y olvida su lugar en el mundo. No es más que una figura ridícula que trata de aparentar una falsa hidalguía que jamás tuvo. Trata de aparecer como el más inteligente de los hombres cuando, en realidad, tiene que luchar todos los días por tener un puñado de monedas en el bolsillo e hincharse de vino. Pero llora de amor por quien más quiere, y acepta la humillación pública que le infringe un rey, porque él sabe que es de esas personas que tienen que ser humilladas…aunque solo sea para demostrar que Hal, su Hal, es el mejor rey.
Orson…cuánto debiste querer nuestra tierra para convertir los áridos campos de Castilla en los verdes prados de Inglaterra, cuánto debiste amar a Shakespeare como para traerlo hasta España y realizar una película tan hermosa sin dinero y sin tiempo. Las cosas que has visto…


César Bardés

domingo, 10 de septiembre de 2017

148 - Ser o no ser 1942























"Es el rey en su dormitorio, con los tirantes caídos; es el gondolero veneciano que arrastra la basura a la luz de la luna y se pone a cantar románticamente; es el marido que cuando su esposa parte de vacaciones le despide con el llanto en los ojos y luego se precipita como un loco hacia el teléfono más próximo para llamar a su enamorada. Es algo que se basa en la teoría de que por lo menos dos veces al día el ser humano más dignificado tiene esos momentos ridículos”. (Lubitsch sobre su famoso toque).


 A lo mejor es sólo eso, una cuestión de elección, sin más, o se toman las cosas, se aceptan, o no, y va uno refunfuñando, dolorido, dando patadas y saltos para que se nos note la ofensa y es entonces cuando estamos salvados. Lubitsch no es un cínico, no le hace falta, quizá no vivió, ya madurito, el momento real que le estaba envolviendo, lleno de desconfianzas y que sí hizo de su endemoniado alumno Wilder un genio triste y amedrentado. No, el maestro, sería capaz, con una inocencia inaudita y audaz, nada dada a lo alemán, de hacer una comedia culta, de excelsas formas lingüísticas, metacinematográficas y de crítica de costumbres burguesas, de poner en pie de guerra a su país de adopción que no quería eso: La Guerra. La América del New Deal, tan ensalzada desde entonces, comenzaba un peligroso juego desde un tenue rechazo al fascismo. En lo artístico se buscaba la renovación de formas, que proponían un conservadurismo cínico nada enraizado en su fundacional declaración de derechos. Y llega él, Lubitsch, como hicieron otros de su tierra, trayendo aires nuevos de una Europa a punto de explotar, haciendo con la palabra lo que hizo con la imagen su colega Murnau, no un reformador sino un creador mismo que hizo avanzar el cine hasta mucho después de su falta, aireando a la par la mirada del hombre moderno con sus contradicciones y querencias, sin esa cristiana condena, de aceptación ritual con la que se erguía una casta, que construía sentencias.
El sexo primario, las envidias, el ego o la más absoluta soledad, las cosas que de verdad nos preocupan, no oscurecen nuestro deber de hombres, y nuestro compromiso social, que no obstante se hallan a la espalda y necesariamente subordinados a esas dolorosas cuitas que sentimos tan cerca y que en realidad nos definen. Amaba la vida este hombre, siempre cantándola, y buscaba en el drama íntimo las causas de las guerras, de las paces venideras, que hacen del mundo un lugar que merece la pena.

José Miguel Moreno


 Esta noche en Radiopolis queremos ser la Resistencia, y preguntamos por Ana Karenina en una librería de Varsovia….

 José Miguel Moreno modera, con Gervi Navío, Manuel Broullón, Raúl Gallego, y nuestro crítico de cine desde Madrid, César Bardés.


 Artículo sobre Ser o no ser, por César Bardés



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jueves, 3 de agosto de 2017

147 - Especial Akira Kurosawa























Un caballo a galope, el jinete espolea su montura, contrae sus facciones salvajes, al fondo un cielo que presagia tormenta. Hoy recordamos la fuerza, el ritmo y la épica de un director inusual , de un artista japonés al que llamaban el emperador, "Tenno". Como descendiente de samuráis, Kurosawa procuró seguir los dictados del código bushido en su propia vida, el código de honor de sus películas de samuráis y ronin, de los Rashomon, Yojimbo, Sanjuro, de los Siete Samurais, quintaesencia de su legado. Su humanismo subyace en la base de toda su obra, de Dersu Uzala, la historia del cazador solitario, o Barbaroja, el médico acomodado que se enfrenta a la pobreza, películas que lo encumbraron en el Olimpo de los grandes realizadores mundiales. Kurosawa comenzó a destacar como guionista en sus tiempos de ayudante de dirección de su sensei o maestro, el director  Kajiro Yamamoto, y se dio a conocer en el mundo occidental ya en los 50 con Rashomon, su relato caleidoscópico sobre un crimen, que impresionó a propios y extraños, ya contaba con la poderosa presencia de su actor favorito, Toshiro Mifune. Kurosawa amalgama su amor por las tradiciones japonesas, por el teatro Noh, por la historia feudal de sus antepasados, y su admiración por las formas occidentales, por la agilidad del cine que se hacía allende el Pacífico. El hombre que filmaba los veranos tórridos y los inviernos helados, las tormentas de nieve, la lluvia y el viento, como nadie, que tan bien integraba en su cine, desde su primera La leyenda del gran Judo a sus tardías explosiones de composición  y color, Kagemusha, la sombra del guerrero y Ran. Adaptó brillantemente a Shakespeare y sus universos de realidad y ficción, a sus personajes majestuosos o necios, serenos o agitados. En Trono de sangre,  su particular Macbeth trasladado al Japón feudal, y El rey Lear en Ran, también a su admirado Dostoievski en El idiota, que no obtuvo buenos resultados en taquilla. Autor visceral, fatalista, melodramático en ocasiones, épico, moral, bucólico, humanista ante todo,  joyas imperecederas como la obra maestra Ikiru, el Umberto D japonés que se aferra a la vida, o su pintura en celuloide sobre la pobreza, Dodes'ka-den, entre vital y abúlica, reverso de su anterior Los bajos fondos.

Raúl Gallego.

Esta noche José Miguel Moreno y Raúl Gallego comparten una botella de sake y un poco de miso, recordando al maestro en Radiopolis.


 Artículo sobre Akira Kurosawa, por César Bardés


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viernes, 28 de julio de 2017

146 - Blanco 1994























En un documental cercano a su muerte Kieslowski aparecía cansado, abatido, comentaba a cámara, respondiendo a las preguntas de su interlocutor, su ya finalizada filmografía. Dijo en público que no haría más películas, con un tono razonado, tranquilo, moviendo al tiempo los ojos en busca de una referencia o enganche donde posar la mirada mientras departía. Era imposible, no lo había conseguido, ni entonces ni en toda su vida. Pedía en otra entrevista al final de su vida eso precisamente: tranquilidad, y añadía, no la he conseguido. Esa búsqueda constante del profesional comprometido lo había dispuesto a la desconfianza, a la intransigencia, hacia un mundo contado, como fue la Polonia de su juventud. Así como el nuevo y reluciente progreso occidental estaba plagado, y minado de mentiras; y eso verdaderamente lo urgía, empujándolo a descubrir esa realidad que él sabía humana. Para ello utilizó el documental, de forma magistral pero advirtiendo, tras comprender sus errores, que dejaba marca en las personas, a la postre dañándonos y modificando con ello el sentido realista del género. Pasó entonces a la ficción, meticulosa, ambientada siempre en un término, una sensación en derredor del cual construía la historia. Como dijo Kubrick, que lo apreciaba mucho, hacia una dramatización del concepto. Con ello, alejada la posibilidad, inadmisible para un hombre de palabra, como fue este polaco enfermizo, conseguía contarse, dando lugar a la vez al espectador, que en sus manos vibrantes se ve consternado, a tomar un camino. El alma humana por encima de lo político, y lo moral por encima de lo práctico, plantean al hombre moderno una senda imprescindible para saberse identitario de un pasado olvidado y un alguien a construir, distinto y único, como creencia en un ser que no excluye lo religioso. El azar no es suficiente, hay un destino y también una voluntad que impulsan lo esencial hacia ese lugar utópico y desconocido que es el mundo. En Blanco, como en el resto de su trabajo, quizás aquí con un recurso humorístico que relaja el horror convirtiéndolo en grotesco, la desigualdad del trato al individuo se confronta con la misma pena devuelta por los protagonistas, camino de la fortaleza aceptada, que por mucho que nos cueste aceptar supone el matrimonio. Anillo incluido, y sentando de nuevo Kieslowski el orden, de lo particular a lo universal, del hombre al mundo, hasta el éxtasis mímico, no controlado, bello, de complejo orden interno. Así discurre el tiempo cíclico de una historia que escapa del drama al uso, de la moral conformada y de la estúpida y peligrosa sensación de conocimiento.

José Miguel Moreno

Esta noche intentamos arrojar la botella al contenedor....

José Miguel Moreno presenta, con Raquel Jaén, Gervi Navío, y Raúl Gallego.


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miércoles, 19 de julio de 2017

145 - La Hora Incógnita 1963



Desde que la humanidad supo que todo podía ser destruido en un instante, simplemente apretando un botón, la alarma nuclear, la muerte total provocada por nosotros mismos, ya nada volvió a ser igual. Tras la barbarie llegó la guerra fría, y ahí estaba Mariano Ozores para crear un film insólito, distinto a cualquier otro de la época en este país, de su propia filmografía. Una ciudad sin nombre va a ser alcanzada por un proyectil nuclear que se ha desviado del objetivo original. Ozores podía hacer cine de calidad y lo demostró en esta visión admonitoria, con un blanco y negro que da sombra a los brillos nocturnos, a la inquietud de unas almas suicidas que en la noche de autos son convocadas en la iglesia del Carmen por un cura más afligido que todos sus feligreses juntos.
El borracho no entiende nada, le da un último trago a la botella vacía, la arroja sobre el suelo. Todo es crispación cuando el estruendo en el cielo avisa del fin, la vecina cotilla quiere recordar los fuegos artificiales de las fiestas de su niñez, el ladrón por fin siente el verdadero miedo, el policía insulso se debe a su trabajo, la pareja de amantes furtivos se abraza estremecida, el viejo ya no busca su gato, ya no le hace falta, y el empresario amargado porque nadie le avisó del peligro se traga las bilis. Un genial Ozores despliega un muestrario teñido de surrealismo e ironía, un compendio de seres de la sociedad del momento, todos comparten mezquindad, desesperación, hipocresía y en último término son vulnerables y humanos, tanto como los que deciden quien vive y quien no . Seguramente la España franquista no entendió una película tan premonitoria, el mejor trabajo de Ozores fue su ruina, la quiebra de la Productora familiar y la renuncia de por vida de Mariano a las grandes apuestas, desde entonces sólo haría cine de encargo, llegaron Landa, Lina Morgan ,Esteso y Pajares. Por fortuna nos queda esta joya de posguerra. Esto puede pasar en cualquier momento en cualquier lugar, ya nos avisan. El vagabundo tiene las horas contadas, el borracho con curso de radio por correspondencia, un actorazo como José Luis Ozores, el Peliche, el tigre de Chamberí, encabeza este grupo surrealista y anónimo, desconocidos que no pierden la compostura y han perdido su tren a la hora incógnita.

Raúl Gallego

 Esperamos evacuar la torre de Radiopolis antes que caiga la bomba sobre nosotros esta noche...

 Raúl Gallego, Gervi Navío y nuestro crítico desde Madrid César Bardés.



 Artículo sobre La hora incógnita, por César Bardés


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domingo, 16 de julio de 2017

144 - Amarcord 1973























Es fácil enamorarse. Fellini lo permite, y es porque sabe, como payaso viejo, que es la última función del cine, y de la risa, el acercarse despacio al lugar de encuentro. Muy, muy despacio con el tiempo suficiente para saber el secreto. Amarcord, una peli que influyó notablemente en Woody Allen y sus Dias de Radio, es un cuento novelado y poético sobre como ir recortando ese camino incierto entre el dolor y el tiempo, un tiempo no perdido sino usado y que requiere otra mirada para servir de empuje, de saliente, hacia donde impulsar con fuerza ese salto a lo nuevo. Y no hay elección , mirar sin tapujos con el bañador recién limpio antes de saltar, requiere la liviana presencia de un lugar olvidado que no lastre con ideologías de peso. No, Fellini dirá no, hay otro modelo, no alumbrado, y es reírse uno, a carcajadas, libre, para cerrar la apuesta con un abrazo, un saludo y mirar al otro aún más distinto en nuestro bando, sin celo, y es entonces el lugar, unas zapatillas secas con poco fondo para caminar de la mano con la fuerza del viento. Amarcord, nuestros recuerdos, que están en otro lado, ahí delante y son translúcidos y restauradores, integrantes de una nueva mirada del mundo.

José Miguel Moreno

Esta noche bailamos entre el humo y la niebla de la nostalgia...

José Miguel Moreno presenta, con Gervi Navío, Ismael González, y nuestro crítico desde Madrid, César Bardés.



 Artículo sobre Amarcord, por César Bardés



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Amarcord, mis recuerdos. La película es precisamente eso, los recuerdos de la infancia y la adolescencia, la memoria, siempre retorcida por el tiempo transcurrido, por la sensación que tuviste, Fellini lo lleva a su terreno, caricaturiza a las gentes de Rímini, su ciudad natal en la Costa Adriática, pero lo que transmite está lleno de verdad...la despreocupación de la infancia, los conflictos de la adolescencia, el duro proceso de hacerse hombre, la búsqueda del amor, como bien sabemos convertirse en hombre es perder, el recorrido por la Italia de los años 30, en pleno apogeo fascista, se muestra como un tebeo, con viñetas, para satirizar y burlar esa realidad tan dura, un régimen de represión. Fellini destapa las frustraciones de ese tiempo, el sexo, la vida rural, la ventana al mundo que era el cine, el resultado es una acuarela de personajes, cómicos y exagerados, pero entrañables,. Supuso un avance del maestro, de ese neorrealismo inicial, evolucionaba dejando su marca personal, su estética surrealista, sin grandes estrellas, con actores más modestos que llenan de autenticidad a ese pueblo. La estructura del film es sencilla, asistimos a la vida del pueblo en un año, una narración circular que empieza y acaba con la llegada de la primavera y los vilanos, recorremos las estaciones y las emociones ligadas a estas, la alegría, el dolor, la muerte y la vida. Fellini utiliza uno de sus elementos preferidos, el personaje que hace las veces de narrador, que habla sin disimulo a la cámara, a nosotros, dando a la película una tono mitad fantasía y mitad espectáculo. Con personajes inolvidables, la familia de Titta Biondi (Bruno Zanin), el adolescente enfrascado en los deseos, (el alter ego del director), vaya familia esperpéntica, el padre superado (Aurelio), el cuñado gorrón, la sufrida Madre (Miranda), que es uno de los personajes más "normales", el abuelo que pellizca las nalgas de la sirvienta. Otro personaje fascinante es la Gradisca, la peluquera del pueblo, el ideal erótico de los muchachos, una especia de Greta Garbo autóctona, inalcanzable, como se contonea la actriz turca Magali Noel, que ya trabajó con Fellini en 'La dolce vita'. Volpina, la prostituta ninfómana, la lascivia en persona, la colección de profesores, el párroco, la estanquera, el tío Teo gritando desde su árbol..... Amarcord refleja la visión que tenía Federico Fellini de que el mundo es un gran teatro donde todo es susceptible de ser tomado a burla y poco o nada es digno de ser sacralizado. Él mismo resumió la esencia de su obra con una de sus máximas: "No hay más realista que el visionario".
Mención aparte merece la magnífica banda sonora de Nino Rota, engrandece cada escena, un compositor de los grandes de la historia del cine. Escuchar la melodía de Amarcord te transporta a ese pueblo al instante, sublime Nino Rota.

Gervi Navío

jueves, 6 de julio de 2017

143 - La Guerra de las Galaxias 1977























Un chico que busca su rumbo, perdido hace mucho, mucho tiempo, en una galaxia muy lejana. Un contrabandista, jugador de ventaja, pendenciero y valiente que decide tomar partido para librarse de una caza que ha empezado sobre él. Un viejo con aire de místico que está envuelto en el aire de la nostalgia que siempre tiene la extraviada juventud. Un felpudo con patas que ruge por igual si está contento o si está enfadado. Un robot cobardón, de falso oro y muchas palabras, obligado a ser héroe en una época de rebelión. Un enano cabezudo de metal que solo silba y es tan pequeño como temerario. Una princesa de armas tomar, tan bella que parece la Dama de Elche y tan entusiasta que es capaz de contagiar causas con una mirada. Un caballero negro, de voz profunda y respiración enfermiza, capaz de aplastar con un dedo, puro miedo bajo la máscara de oscuridad. La nave más rápida del universo. La guerra ha comenzado. La rebeldía toma cuerpo. Y un niño soñó con empuñar una espada mágica al más puro estilo medieval.
A partir de aquí, todo fue leyenda. Incluso las innecesarias precuelas. La fuerza se convirtió en algo muy parecido al alma intuitiva e incluso generó creencias en el otro lado del firmamento. Todo parecía reinventado para contar el mismo cuento de siempre. El guerrero que, con un grupo de amigos y una especie de brujo, iba a rescatar a una princesa encerrada en una fortaleza inexpugnable. Nada nuevo y todo nuevo. La iconografía, la aventura trepidante, las imágenes espectaculares, la invención de armas muy parecidas a antiaéreos para acabar con el asedio de naves imperiales, las antiguas creencias, el aire irrepetible, la música sinfónica compuesta por un genio de las corcheas. El cosmos necesitaba ser reinventado después de profundas filosofías e intensas introspecciones sobre la naturaleza humana. Aquí no todos eran humanos. Aquí no todos eran androides. La mezcla perfecta de un imperio compuesto por las más inimaginables criaturas. El encaje perfecto. El éxito multitudinario. La saga que abrió un nuevo capítulo en el cine y objeto de innumerables imitaciones de inferior calidad. El mundo pedía soñar, y un tipo que creía en lo que hacía fabricó una película con el material con el que se forjan las ilusiones.
Años más tarde, todos hemos vuelto a ver la misma película una y otra vez porque nos gusta vivir en ese mundo de aventura y de imposibles explosiones espaciales. Algunos querían ser ese caballero andante de los cielos que, armado con la impulsiva juventud, partía en busca de su princesa. Otros, en cambio, preferían ser el fanfarrón y arrogante contrabandista, siempre al filo de la ética, que sabía combatir porque había estado ya en muchas batallas y había huido en casi todas. Los menos, soñaban con convertirse en ese anciano lleno de sabiduría, poseedor de verdades y maestro tocado con la experiencia de la derrota. El caso es que todos, sin excepción, quisimos ser parte del universo galáctico, de la fuerza de una idea, del combate sin posibilidades porque quizá, al final, el equilibrio es la única solución a todos los males. ¿Les suena de algo?.

César Bardés.

Esta noche empuñamos la espada láser y despegamos el halcón milenario rumbo al cosmos...

Raúl Vader presenta, con Gervi Chewbacca, David Skywalker, Elio Solo y Elio R2D2, y nuestro crítico desde Madrid, César Kenobi, nos faltó la princesa...



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