La Gran Evasión

La Gran Evasión

domingo, 18 de febrero de 2018

170 - Persona 1966


























Dos mujeres aisladas en un retiro bucólico junto al mar. Una cuidadora y otra convaleciente, sus dos rostros son las máscaras en una obra de teatro, una Electra con sentimiento de culpa, con una angustia existencial que la mantiene muda, y una cuidadora que termina confesando sus secretos más dolorosos, sus remordimientos mas punzantes. Una mujer en camisón en la alcoba, no sabemos si es un sueño o es realmente la enigmática actriz, la que sólo asiente o niega con los ojos, la que sólo grita cuando la amenazan con el dolor físico, la que hiere a la enfermera, la domina, la absorbe, vuelca sobre ella su hastío vital. Dos mujeres se transforman en una, un rictus imposible, un alarido, una mueca de dos perfiles yuxtapuestos, un monólogo repetido con la mitad de un rostro en la oscuridad total. La necesidad de amar frente a la imposibilidad de hacerlo. En un torbellino inicial de imágenes vemos los demonios a la luz del día, las sombras, la comedia del cine mudo, el sexo, la migala amenazante, la ausencia de Dios, el dolor, la enfermedad. Un niño en una cama quiere cobijar sus pies desnudos, un hombre se quema a lo bonzo, un crío con las manos en alto en el gueto de Varsovia, el vacío del abismo. Mientras tanto, en la seguridad ficticia de nuestras vidas, seguimos viviendo de cualquier manera, sin detenernos a pensar, sin quitarnos las máscaras, Elisabeth ha decidido dejar de fingir, de interpretar, a partir de aquí la paciente analiza, la enfermera habla y habla, busca su propia cura. Las caricias dan paso a la ofensa, a la agresión, los gestos se repiten en espirales, en racimos.
Nadie ahondó tanto en el alma humana como el maestro Bergman. Esta críptica obra, de las más aclamadas del sueco, se detiene en el momento imposible, se acerca a lo supremo parando el tiempo, dilatando el instante, escindiendo la frontera entre la realidad y la ficción hasta que la pantalla se quiebra y termina la ilusión.

Raúl Gallego

Esta noche viajamos al Báltico, damos un paseo con Bergman en su isla de Farö...

José Miguel Moreno, Gervi Navío, Raúl Gallego, y César Bardés.


Artículo sobre Persona, por César Bardés


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Esta fría noche nos adentramos en un territorio insondable, perturbador. Persona, la obra maestra de Ingmar Bergman, que en 1966 llegó a los limites de sus posibilidades, rozando esos secretos, sin palabras, que sólo la cinematografía es capaz de sacar a la luz. Una tesis sobre la identidad, las mascaras que llevamos, el reconocimiento a través del otro, los traumas, la soledad, el silencio…la incomunicación, una obra subyugadora de uno de los cineastas mas grandes del siglo XX, imprescindible.
Bergman es un mito, ha llevado al cine a caminos nuevos, explorando al hombre y sus monstruos interiores, un genio, quizás el que más se acerque a Dreyer, su cine nos da nuevas miradas, no sólo en la forma de contar una historia, sino que utiliza el medio para reflexionar sobre temas muy profundos, a través de vidas cotidianas. En persona está todo eso, sus deseos y represiones, un monologo interior, o un duelo interior, mejor dicho, de dos personalidades bajo una misma figura, la de una mujer que simboliza ese proceso de vampirización donde la máscara que todos llevamos se destruye, el silencio y la confesión en un paraje frío y hermoso, reflejo de todo esa cultura nórdica, una sesión de psicoanálisis de este sueco loco que habla de Dios, de la Muerte, de Las Relaciones Humanas…bañado en cine experimental, de arte y ensayo, que no te deja indiferente, es fascinante y también difícil de aprehender…complejo y hermético, una maravilla que requiere del espectador para desarrollarse. El inicio es escalofriante, un caos bíblico, se enciende la chispa del proyector y aparecen imágenes sin aparente coherencia, ni unidad, son fragmentos de ilusión, como es el cine, Bergman nos da el indice de los temas que vamos a tocar: -El deseo sexual, con el dibujo del pene erecto. -La religión y el silencio de Dios, a través de los animales, la araña (en clara referencia al “Dios-araña” que aparecía en Como en un espejo, simbolizando la ausencia y el silencio de Dios) -El cordero degollado y las manos clavadas a un madero (alusión al cristianismo), el miedo a la muerte... -El Niño acostado que se incorpora y nos mira de frente, acariciando la imagen borrosa del rostro de las dos mujeres….ahí aparecen la maternidad, la culpa, los traumas y todos los sacrificios que conlleva. Atravesado por la dolorosa prosa de Strindberg, con sus musas predilectas, Liv Ullmann (Elisabeth) y Bibi Andersson (Alma), que están soberbias, esos primeros planos que cuentan de por sí una historia, inaprensibles, Bergman sublima el cine a la categoría de arte, sin duda, la fotografía de Sven Nykvist ayuda, es extraordinaria, su comunión con Bergman es total, trazando la imagen psicológica de las dos mujeres, de las dos personalidades, la sombra y la luz…el blanco y el negro. A mitad del filme, el encuadre se torna borroso y se desenfoca. Parece que Bergman nos recuerda que lo que estamos viendo, no es real, ese duelo interior entre silencio e incontinencia verbal no es más que una ilusión, es cine, como el collage de imágenes del inicio. El amigo Carl Gustav Jung también sobrevuela este dolor visual. Aprovechen para leer sus memorias, La Linterna Mágica, para comprender al hombre y poder así disfrutar de su cine, aunque duele, el cine de Ingmar Bergman duele y se siente, profundamente.

Mecidos por la penumbra, nos recostamos en el diván de la torre de Radiopolis, mientras suena Johann Sebastian Bach (Violín Concerto in E Major II Adagio. Karajan).

H. Hesse: “solo para locos, la entrada cuesta la razón”.

Gervasio Navio Flores.

jueves, 8 de febrero de 2018

169 - Uno,dos, tres 1961

























McNamara no le teme a nada, al ejecutivo de la sucursal de Coca Cola sólo se le caen los palos del sombrajo cuando Scarlett, hija de su gran jefe, llega a Berlín. Al cínico y agresivo directivo se le encomienda la peor tarea de su carrera, cuidar de una muchacha ligera de cascos que nada más pisar tierra se lía con un joven alemán del sector afín a los soviéticos, se casa con él y se queda embarazada. ¿Pero qué nos han enviado? ¡Uno, dos tres! ¡Schlemmer! ¡Hay que convertir al yerno en un tipo decente, traer un chaqué, una camisa de hilo, calzoncillos de nylon, una corbata poco llamativa, zapatos modelo italiano del número 42, un sombrero y un pantalón a rayas! McNamara no gana para disgustos, menos mal que dispone de su eficiente secretaria, le enseña alemán y le tiene al día en el uso de la diéresis.
Cuando Scarlett queda postrada en la cama de los niños tras su reciente embarazo y el disgusto porque le han quitado a su querido Otto, el vástago de los McNamara replica: ¿Si se muere volveré a mi habitación?. Wilder no deja títere con cabeza, ni los niños escapan del egoísmo que nos acompaña hasta la tumba. Los alemanes, tan cuadriculados, hacen como si no hubiera pasado nada, los comunistas, unos fanáticos descerebrados, los capitalistas, tan cretinos y cínicos. Wilder nunca aceptó el modelo soviético, ya lo dejó claro en su feroz ataque como guionista en Ninotchka. Toda la mala leche de Billy y su guionista Diamond , y un humor inteligente dan forma a esta sucesión imparable de gags, de situaciones imposibles, de idas y venidas de un lado a otro de la ciudad. Dio la casualidad que durante el rodaje se empezó a construir el muro de Berlín, ya no sería tan fácil moverse por la maltrecha ciudad desde entonces. Vaya desbarajuste, pero no todo van a ser lamentaciones. “No te preocupes, muchacho. Un mundo que es capaz de dar la música de William Shakespeare, el Taj Mahal y la pasta de dientes, algo bueno debe de tener” .

Raúl Gallego

Esta noche sacamos una Pepsi de la máquina de Coca Cola al ritmo de la danza del sable…

Raúl Gallego, Gervi Navío, Elio Cubiles y desde Madrid nuestro crítico de cine César Bardés.


Artículo sobre Uno, dos, tres, por César Bardés


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sábado, 3 de febrero de 2018

168 - Posesión Infernal 1981


























Unos días libres en una casa vieja de campo pueden parecer de lo más atractivo para unos jóvenes con ganas de sexo y diversión.  Son dos parejas y una convidada de piedra, la hermana de Ash ya percibe algo extraño desde el principio. Un columpio martillea sobre la pared de troncos de la cabaña, un aviso del más allá, un lápiz garabatea frenético sobre la libreta, árboles que parecen cobrar vida, un sótano con secretos en una grabadora. Cheryl no quiere escuchar el conjuro, la voz del profesor recita extrañas palabras en un idioma antiguo, la niebla inunda los contornos de la casa, los demonios del bosque despiertan de su letargo, la trampilla del mal se abre. El libro de los muertos, el tratado sobre lo oculto, hecho de carne humana y escrito con sangre. No van a ser días de asueto para Ash y sus amigos, las presencias diabólicas han despertado, sólo queda esperar a que uno por uno vayan siendo poseídos. Únete a nosotros, únete a nosotros, Ash. Hazlo o coge la sierra eléctrica, espabila, procura vivir, la única manera de acabar con ellos es desmembrarlos.
Un Sam Raimi de 21 años caminó un paso más allá de los confines del género de terror en 1981, junto con sus amigos de la Universidad de Michigan, el actor Bruce Campbell, el productor Rob Tapert o la actriz Ellen Sandweiss idearon un film original, fresco, y desenfadado, con unos efectos grotescos basados en el stop motion, el látex y los maquillajes imposibles de Tom Sullivan, y un montaje y planificación excepcionales, Raimi metió el miedo en el cuerpo a los adictos al videoclub de los primeros ochenta. Posesión infernal adopta el estatus de clásico, a la altura de La noche de los muertos vivientes, La matanza de Texas o La última casa a la izquierda, y aporta un toque frenético en ocasiones, siempre controlado, y tan slapstick y bizarro como una pelea de tartas de nata en el infierno.

Esta noche ensartamos a los zombies con nuestra daga kandariana de Radiopolis…

José Miguel Moreno modera, David Chamizo, Juan Salvador Limón Y Raúl Gallego, desde una cabaña perdida en el Estrecho.





sábado, 27 de enero de 2018

167 - A Tiro Limpio 1964



























El pasado de los vencidos suele cargar las armas de resentimiento y de rabia. Aunque ya el fin solo acabe en los bolsillos y no haya ningún matiz político, ya es hora de ser vencedores, de burlar a la policía, de despertar del sueño a los acomodados de posguerra. No importa si es un garaje, un banco o el patronato de las quinielas o, incluso, un prostíbulo. De lo que se trata es de meterse unos cuantos cientos de miles entre pecho y espalda y huir de un país gris y rastrero, un país que nunca tuvo un mañana y ahora, menos que nunca. Por ahí, habrá que asociarse con unos individuos que, en realidad, ya no saben lo que significa luchar y no tienen ningún problema en apretar el gatillo sin ningún remordimiento y eso siempre es peligroso. Es hora de coger las maletas y empezar a abrirse camino en otra parte. No hay nada como crear maniobras de distracción para que la policía mire hacia otro lado mientras el auténtico golpe se está produciendo en la otra punta de la ciudad. Eso desconcierta y crea sensación de inseguridad, de que la policía, en el fondo, no sabe por dónde se anda. Lástima de la ambición que suele truncar los mejores planes. Cuando una simple ayuda se puede necesitar, aparece el instinto asesino y las cosas comienzan a torcerse. Y más si uno en cuestión tiene antecedentes. Habrá que ajustar cuentas. No se puede matar así como así a un compañero con el que se ha compartido tantas batallas y salirse de rositas. El día tiene que adentrarse en la noche, y en una casa abandonada se van a decir unas cuantas verdades. Y que la verdad se parapete detrás de una ametralladora no deja de ser toda una ironía.
Estremecedora película, final del género negro en la España del franquismo, que pone en juego la dureza de unos cuantos atracadores que tienen que disparar a discreción para dejar las cosas claras. Barcelona es el escenario en el que se mueven estos individuos en una película en la que la labor de la policía es secundaria y se sigue a los ladrones como si la cámara hiciera labores de vigilancia. Al fondo está Stanley Kubrick y su Atraco perfecto e, incluso, Julio Salvador con Apartado de correos 1.001 aunque también viene una corriente de frío polar francés. En cualquier caso, la historia es violenta, sin concesiones, con increíbles concesiones a una relación homosexual y al lenguaje catalán en plena dictadura. Una obra maestra que debería estar en nuestras escuelas de cine y abrirse paso a tiro limpio.

César Bardés


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jueves, 18 de enero de 2018

166 - Land of Mine (Bajo la arena) 2015


























Una playa danesa sembrada de minas alemanas, unos chicos desempeñando un trabajo inhumano, en 2015, Martin Zandvliet daba luz a este oscuro episodio de la segunda guerra mundial, desenterrando la vergüenza de su patria, el horror de la guerra, la crueldad, la muerte, el perdón, sí, incluso la piedad habita en la arena blanca que oculta la muerte en sus entrañas. Una fila infinita de prisioneros alemanes por una carretera danesa, el sargento Carl Leopold Rasmussen los observa desde su jeep, un destello rojo y blanco lo hace reaccionar, es una bandera de su patria, Dinamarca, que un soldado alemán oculta entre sus sucias manos, apretada contra su sucio uniforme. El sargento se la arrebata a gritos, lo golpea sin piedad, una y otra vez, el chico sangra conmocionado, la nariz destrozada..."fuera de mi país, esa bandera no es vuestra". El sargento es un tipo duro, un paracaidista veterano, ha visto el horror, el odio y la rabia lo devoran, malditos seáis, malditos...estamos en 1945, Alemania se ha rendido, la guerra ha terminado. Unos soldados alemanes reciben instrucciones de un capitán danés, apenas son unos niños, adolescentes, caras sucias, almas sucias, flacos como palos, lágrimas perpetuas en esos ojos que ya no parecen humanos, deben limpiar de minas alemanas, las que su ejército colocó, la costa danesa, su instrucción es brutal, es dura, se lo merecen por lo que han hecho, recibes lo que siembras…impiedad. Algunos morirán mientras aprenden a desactivar sus propias minas, la mayoría lo hará cuando lleguen a la playa y comiencen el trabajo, si sobrevives, volverás a casa, hambrientos y apaleados, unos niños, unos soldados, mis lagrimas también se agolpan en los ojos. La civilización occidental se fue por las chimeneas de Dachau, los restos que aún quedaban los barrió el viento en una playa danesa. Un niño llama a su madre cuando tiene miedo, cuando una mina le ha arrancado los brazos y se retuerce en la arena, dos hermanos gemelos juegan con un escarabajo, unos jóvenes soñando con un trabajo cuando regresen a casa, cuando la guerra termine para ellos, Erns, Werner, Sebastian.....limpian la playa, centímetro a centímetro, arrástrate por la arena, con cuidado, utiliza la sonda, recuerda el entrenamiento, pronto volverás a casa, lo ha prometido el sargento.
Martin Zandvliet retrata con exquisita elegancia, con maestría, éste episodio negro de nuestra historia, con distancia e intimismo. La brutalidad del sargento Rasmussen, el rumor en la memoria colectiva de lo que los alemanes hicieron, los bellísimos parajes daneses, unos planos excepcionales de un lirismo asolador, los rostros de los chicos-soldados, la explosión insospechada de una mina en cualquier momento, los cuerpos destrozados, las almas desangradas, demasiado emoción… un silencio sepulcral, turbado, horrorizado, viendo como un tipo duro consuela a un chico que quiere salir a buscar a su hermano, ni otra ampolla de morfina puede apagar el amor, un sargento danés y un soldado alemán, un padre y un niño cualquiera.
Una sensible historia llena de emoción y expiación, subyugada por la hermosa banda sonora de Sune Martin y la fabulosa fotografía de Camilla Hjelm, ambos compatriotas de Zandvliet, que muestran lo áspera y seca que es la vida en esa playa, a la vez que capta toda la belleza del paisaje, esa arena blanca, la crueldad y la sangre de los hombres, mezclada con la majestuosidad de este viejo mundo.

Esta fría noche de enero nos arrastramos por la playa buscando minas de emoción y humanidad, con cuidado, suavemente, utilizando la sonda…

José Miguel Moreno, Raúl Gallego, Gervi Navío y nuestro curtido critico, apretando y cerrando la mano que duele a reventar de cine, César Bardés.

Me zumban los oídos, me sangra el corazón.

Gervasio Navío Flores.


Artículo sobre Land of mine, por César Bardés


sábado, 13 de enero de 2018

165 - El Resplandor 1980
























Inicial toma aérea sobre una carretera montañosa, con la música  de Wendy Carlos ya estamos avisados, se avecinan curvas. Los largos pasillos de un hotel, el ruido sordo de las ruedas de un triciclo, sobre el suelo, sobre las alfombras, sobre el encerado, de pronto Danny vuelve la cabeza hacia la habitación 237, algo siniestro se adivina. Una entrevista para conseguir un puesto de trabajo, para aislarse con la familia en el hotel Overlook, perdido en las montañas rocosas. Un hombre al límite no debe trabajar tanto, no debe obsesionarse con malos pensamientos, no debe recordar escenas del ayer tan cercano. El mal se derrama y un torrente de sangre inunda el objetivo, la oscuridad atroz se cubre de nieve blanca, del resplandor más fulgurante, de la violencia contenida de un tipo al borde del abismo. La chispa que enciende la locura adormecida, se manifiesta en las estancias del hotel, sólo estaba esperando. El hijo de cinco años posee el don, igual que el cocinero del hotel, el poder de ver lo que otros ignoran. Son los fantasmas del Overlook, del imponente salón donde Torrance escribe a máquina su novela sin comienzo ni final, de la sala de baile, de la despensa repleta de carnes en conserva, de las habitaciones cuya puerta nunca se debe abrir de nuevo.
Kubrick engrandece la novela original de Stephen King, baja a la tierra los fantasmas del escritor de Maine, les deja sitio en su inaudito universo de simetrías y colores, de rojos chillones sobre un blanco impoluto,.de verdes de hospital y cenefas naranjas, de un cuarto de baño donde la belleza y lo monstruoso se suceden en la mente de un desquiciado, en las pesadillas de muerte de un hombre agarrado a un hacha, en una mirada salvaje que hiela las entrañas. La vulnerable esposa cierra la puerta con candado y queremos coger de la mano a la madre y al niño, atravesar el laberinto, alejarnos de los aullidos de la bestia que todos llevamos dentro.

Raúl Gallego

Esta noche recordamos el miedo que pasamos cada vez que Jack Torrance nos mira de reojo con una mueca...

Raúl Gallego, Gervi Navío y César Bardés.



Artículo sobre El resplandor, por César Bardés


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Abordamos lo inabordable, El Resplandor de Stanley Kubrick. En 1980, el genio de Nueva York, plasmaba el best seller de Stephen King en la pantalla grande, claro, con su propia visión, su aterradora mirada, que va más allá de la novela, un puzzle infinito sin solución, ahí radica su grandeza. Un tratado sobre la locura, sobre el terror, sobre la pérdida de la razón, una lucha con un monstruo que habita en nuestro interior y al que todos tememos. La presión aumenta y la caldera está a punto de estallar. El Resplandor atraviesa la vertiente sobrenatural y profundiza en la mente humana, desgrana la novela de King, tamizada por la visión mística de Kubrick, es la destrucción del hombre corriente, abatido por sus miedos, sus debilidades, el paso a la esquizofrenia es muy pequeño. Jack Torrance es un ex-alcohólico que pierde los nervios con facilidad y hace daño a quien tiene más cerca, es su ultima oportunidad tras perder su trabajo, su carrera. Se pone en jaque la confianza, la figura del matrimonio, el deseo del éxito, el amor de la familia, la convivencia, los hijos, todo eso es lo que le obliga a luchar a Jack y, paradójicamente, lo que lo destruye, porque le sobrepasa. Esa semilla esquizoide, que la soledad y el abandono plantaron en el hombre, crece y crece hasta que lo aniquila desde dentro, desatando al maníaco, al asesino, esa reacción es la que retrata minuciosamente el Resplandor.
Kubrick desarrolla con absoluta maestría este punto de partida, con un despliegue de todo su talento cinematográfico, un proyecto que lo llevó hasta ese borde mismo que la novela describe, porque este hijo de puta obsesivo y perfeccionista que era Stanley Kubrick, exprimió hasta la ultima gota a sus actores, a su equipo, a sí mismo, para plasmar esa idea, para llevar, también, al espectador hasta ese borde en las montañas de Colorado, para meternos en el Overlook y dejarnos a solas con nosotros mismos, con nuestros miedos, con nuestras faltas, con nuestras inseguridades, nuestras frustraciones, ese es el peor enemigo, de esa batalla nadie sale indemne. Kubrick consigue un estado de alerta, de intranquilidad, utilizando recursos de puro genio, el uso de la Steadicam, las situaciones de Danny por el hotel, por esos pasillos, imágenes que ya forman parte de nuestro universo colectivo, Jack, (Un Nicholson extraordinario, literalmente al limite) totalmente descontrolado con el hacha y los gritos aterradores de Wendy (Shelly Duvall nunca superó la experiencia), esa sufrida madre, imágenes imborrables. Autentico pavor dan las escenas de completa destrucción interior de Jack, su reflejo en el espejo es la prueba, las escenas en el bar del hotel, hablando con el Barman o cuando escribe a máquina su propio fracaso, su autodestrucción, esos ojos desquiciados aterrorizan mucho más que las escenas de la sangre turbia que escupe el hotel. Como siempre, a partir de situaciones cotidianas, el terror se vuelve posible, se vuelve real, y eso es el autentico miedo. Expectativas que nunca se cumplen, sueños que la sociedad tilda de irrealizables, esa frustración vuelve a los hombres locos, y eso es el Resplandor, un tratado, un viaje más bien, hacia la locura.
Formidable banda sonora, dónde se fusionan la imagen y lo sensorial, un álbum muy oscuro, que capta la esencia de la película, no sólo acompaña, complementa el horror de las imágenes. Incluye temas de Bartók , Penderecki, Ligeti (los compositores preferidos de Kubrick), con los arreglos de su colaboradora habitual Wendy Carlos. Además añade, muy acertadamente, temas de los años 20 y 30, la orquesta Henry Hall and the Gleneagles, Ray Noble y Hylton, ahondando en el toque nostálgico y anacrónico que le da a la película.
Bonus Track: Home, de Henry Hall & the Gleneagles Hotel Band

No olviden que : ¨All work and no play makes Jack a dull boy¨. (Mucho trabajo y poca diversión hacen de Jack un tipo aburrido)

Gervasio Navío Flores

jueves, 4 de enero de 2018

164 - El ídolo caído 1948
























Un niño puede sentirse muy solo en un país que no es el suyo, en un caserón demasiado grande para él, con unos tutores haciendo de padres temporales. El crío corretea por las estancias, baja al sótano, sube las escaleras interminables, saca la cabeza a través de los barrotes, escucha las conversaciones de los criados allí abajo. Philip tiene dos amigos, MacGregor, la pequeña serpiente que oculta de las garras de la señora Baines, y el mayordomo, al que adora, quizá porque es el único que le escucha y juega con él. Al señor Baines le puede contar sus secretos, y le encanta escuchar sus historias sobre sus aventuras en África, el señor Baines es genial. Ocultar secretos y desvelar mentiras a través de la mentalidad de un crío. De eso trata el magistral thriller de Carol Reed, basado en un relato de Graham Greene, y anterior a su aclamada El tercer hombre. Una tarde el chico descubrirá el secreto más preciado de Baines, una secretaria de ojos tristes a la que hace pasar por su sobrina . Los amantes discuten delante del inocente, hablan en tercera persona sobre si mismos, el niño asiente, observa, dice que entiende…”Yo entiendo, yo entiendo”. Los intereses de los adultos pueden hacer mucho daño, ya lo afirma con su voz tenue el mayordomo, hay que tener cuidado con lo que decimos y hacemos, es fácil manipular al débil, lo malo es que el inocente puede hablar más de la cuenta, los niños y los borrachos siempre dicen la verdad. No hay que entrometerse en el universo de un niño, cuando el juego del escondite termina él quiere seguir, y ante el policía será capaz de decir que él mismo empujó a la señora escaleras abajo,todo por proteger a su ídolo de barro. La inocencia ultrajada se perderá  una noche de lluvia, en busca de su MacGregor, desaparecido para siempre, ya no lo encontrará. Philip no querrá escuchar secretos nunca más.

Raúl Gallego

Esta noche corremos sobre adoquines mojados y sombras nocturnas…

Con José Miguel Moreno, Raúl Gallego y  nuestro crítico decine César Bardés. 


Artículo sobre El ídolo caído, por César Bardés

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miércoles, 27 de diciembre de 2017

163 - Solo ante el Peligro 1952


























Un hombre camina por la calle polvorienta de un pueblo despreciable. Su traje negro contrasta con el blanco de un sol asfixiante. Va armado pero tiene miedo porque está solo. El polvo se adhiere a sus botas como preámbulo de su muerte más que segura, como si la tierra tuviera prisa para cubrir su cuerpo. La cadena de un reloj cuelga de su chaleco advirtiéndole, a cada paso que da, que le queda un segundo menos de vida. Sus pasos se van trazando entre el temor y la inapelable decisión de honradez que ha tomado. Sus ojos, sinceros, escrutan la calle de un lado a otro en busca de un arma que le haga compañía y, también, de la bala que llevará su nombre. Es muy alto y el sol, allá justo en el mediodía, proyecta su sombra oblicua en varias direcciones a la vez, como si se tratara de un fantasma difuminado en su propio estado etéreo, como si comenzara a entrar en la muerte. A la altura del corazón, una estrella que no brilla y que acabará despreciando en un gesto de hombría desprovisto de énfasis. A su alrededor, una mujer que no entiende que él sea capaz de defender algo que, simplemente ya no es suyo y que ponga en riesgo su propia felicidad por cumplir un supuesto deber moral. Una antigua amante, despechada por su abandono, que en el fondo sigue enamorada de él y que guarda una profunda admiración por su honestidad y su orgullo. Un ayudante que siempre se ha sentido aplastado por su aura de hombre bueno y valiente, más allá de toda consideración, consciente de su deber y que no huye. ¿Por qué no huye? Maldito, Kane. Que se vaya del pueblo y entonces yo tendré mi oportunidad de hacerme valer. Un amigo que piensa que los que vienen traerán más prosperidad al pueblo y que, por tanto, él tendría que irse. Intereses creados. Falsedades humanas. Bajeza moral por el siempre reprochable dinero. Kane, vete o muere.
Fred Zinnemann dirigió esta película con guión de Carl Foreman como metáfora épica sobre el maccarthysmo y el miedo y la indiferencia que se instalaban en Hollywood mientras el fascismo se hacía sitio por su noviazgo con el capital. Y consiguió hacer que Gary Cooper estuviera hundido en su mirada, desesperado en su acción, arado en su rostro tan cercano al miedo cerval. Y así la película se incrustó con enorme coherencia dentro de la filmografía del director, obsesionado con ofrecer retratos de hombres que tenían que enfrentarse a acontecimientos que les sobrepasaban. Al fondo, el triunfo siempre era dudoso. Kane quizá consiga sobrevivir pero algo muere dentro de él. Tal vez la confianza en las personas, o puede que la seguridad en los amigos. Ya no volverá a ser el mismo porque dejó una estrella tirada en la polvorienta calle de Hadleyville como símbolo del desprecio que siente por la gente que prefirió el caos y el desorden como medio para la prosperidad antes que la justicia y la defensa de lo que siempre estuvo a su lado. Y Kane lo estuvo. Cumplió con su deber. Fue ley y fue orden. Fue sinceridad. Fue lo que le pedían que fuera. Y, al final, hace lo que pide su propia integridad. Y no es fácil. Porque está solo.

César Bardés

Esta tarde no ponemos la estrella de latón sobre el pecho, en Radiopolis...

José Miguel Moreno, Raúl Gallego y César Bardés.


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