La Gran Evasión

La Gran Evasión

domingo, 24 de marzo de 2019

218 - Un hombre lobo americano en Londres 1981

























Dos forasteros en tierras inglesas quieren cobijarse del intenso frío de los páramos, en La oveja degollada, por cierto, vaya nombre para un pub, los lugareños miran con recelo a Jack y David. La estrella de cinco puntas dibujada en la pared les anima a marcharse de allí, volver a guiarse por la luna llena. "Seguir el camino, no os acerquéis a los páramos". De pronto una especie de rugido pavoroso en la niebla, los dos amigos caminan ligeros, el frío y el miedo atenazan sus miembros entumecidos.
El licántropo de John Landis no tiene escapatoria, su transformación está cantada, desgarrará los músculos, estirará los huesos, deformará el hocico y las uñas surgirán de una garra. El joven americano conoce su maldición de boca de su amigo, el muerto viviente le ha visitado en la habitación del hospital, los jirones de carne cuelgan de su cuello y le avisan de su terrible destino. Por un lado la suerte, la enfermera británica le lleva a su piso y le siga cuidando allí, por otro la tragedia, un chaval condenado, destinado a matar a otros si no desaparece para siempre. La bella enfermera y el animal salvaje, el terror y la risa, y la frescura de un guión escrito por un chico de 20 años, Landis fue dándole vueltas a la idea de realizar una película sobre el hombre lobo desde que participó como chico de los recados en el rodaje de Los violentos de Kelly,  en la Yugoslavia de final de los setenta asistió a un bizarro entierro gitano, el finado era un criminal al que enterraban de pie en un cruce de caminos, para que nunca más pudiera volver al mundo de los vivos.
Fue el primer Oscar a Maquillaje para Rick Baker, amigo de Landis y responsable quizá de la metamorfosis más aplaudida de la historia del cine fantástico, perfectamente iluminada, espectacular, creíble, y dolorosa.
En el pandemonium final el monstruo se abre paso entre el tráfico de Picadilly Circus, acorralado en un callejón, la muchacha corre a su encuentro, fascinada por un estrafalario yanqui que soñaba con lobos.

Raúl Gallego

Esta noche, seis licántropos en celo procuramos seguir el camino...

José Miguel Moreno, Salvador Limón, Gervi Navío, Zacarías Cotán, Elio Cubiles y Raúl Gallego.


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jueves, 14 de marzo de 2019

217 - Cautivos del Mal 1952

























«Para dirigir una película hay que tener humildad. ¿Es usted humilde?»  Es la respuesta del actor Ivan Triesault,  Von Ellstein, un trasunto de Fritz Lang o Joseph Von Stenberg, que decide dejar la película a ese productor que mete las narices en todo.
El mal y la belleza. Un productor sin escrúpulos y una ambición desmedida, la efervescencia de su ademán y la fascinación contagiosa de un tipo que desborda entusiasmo, y no dudará en defraudar a sus amigos, traicionar a sus amantes, Jonathan Shields, un manipulador nato, clavado a su difunto padre. El astuto hombre de negocios no concibe que al entierro de su padre no vaya nadie, y pagará a figurantes, como si el sepelio fuera otra pantomima, otra coreografía ficticia, nadie cree que merezca la pena despedir a un tipo que los maltrató en la vida real.
La belleza de una mujer desesperada, también a la sombra de un padre actor que conoció los laureles del éxito. El peligro de Hollywood, la riqueza y el miedo abrasan a Lana Turner, una actriz que se interpreta un poco a sí misma, insegura, siempre al borde del precipicio. Adorable en su pijama blanco, ausente y vulnerable a partes iguales.
Las verdades y mentiras del cine, los decorados, los focos, las grúas abriéndose paso en el plató y una triple llamada de teléfono. El director, la actriz y el escritor han conocido la fama gracias al señor que otra vez los reclama, él los descubrió, confió en ellos y les dió la espalda, ahora está en horas bajas.
Vincent Minnelli afirmó que todo lo que amaba y odiaba con relación a Hollywood estaba en el guión, un guión espléndido de Charles Schnee, sobre una historia original de George Bradshaw. Las sombras de John Houseman, productor de Ciudadano Kane, y de David O Selznick se proyectan sobre la personalidad de Shields, el hombre hecho a sí mismo que no se preocupará en absoluto por gastarse los ahorros de los que le rodean en una partida de poker, de pegársela a la actriz rubia platino con cualquier otra, de utilizar al que se creía su amigo. Shields conoce las virtudes y debilidades de cada uno, su egoísmo sin límites le impulsa hacia adelante. Un portentoso Kirk Douglas crea un personaje que sabe construir y destruir todo lo que toca.
El auge del sistema de estudios estaba cercano a su fin cuando Minnelli rodó Cautivos del mal y, con su delicado y exuberante manejo de la cámara, su perfecta composición de planos, creó otro clásico maravilloso.  A destacar el resto del reparto, Barry Sullivan, Dick Powell, Gloria Graham, Gilbert Roland, o un persuasivo Walter Pidgeon en el papel de Harry Pebbles, el productor ejecutivo convoca a los tres personajes en su despacho, mientras los Oscars conseguidos por Shields en sus arriesgadas apuestas les observan desde la repisa,  un teléfono negro suena, y tres flashbacks desglosan la maldad y el atractivo de un genio.

Raúl Gallego

Esta noche sacamos lustre al escudo de armas de Shields Productions en Radiopolis...

José Miguel Moreno, Zacarías Cotán, Gervi Navío, Raúl Gallego, y nuestro crítico de cine César Bardés.

Artículo sobre Cautivos del Mal, por César Bardés

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viernes, 8 de marzo de 2019

216 - El Padrino II 1974

























En la comunión de Anthony, el hijo de Michael, Frank Pentangeli vocifera borracho a los músicos de la orquesta que toquen una tarantela, y no saben, esos americanos no saben dar forma a las tonadas de su tierra querida, esa tierra de la que tuvo que huir junto con tantos otros a buscarse la vida en la Grande America.
La saga de los Corleone cobró altura en la segunda parte de El Padrino. Ya no estaba Marlon Brando y fue un Robert De Niro en su apogeo el que representó a Vito Corleone, Al Pacino, Talia Shire, Diane Keaton, John Cazale, Robert Duvall o incluso James Caan en la secuencia final de la reunión familiar siguieron prestando sus rostros a los recordados personajes de la primera parte. Coppola se superó, escribió un guión que a Pacino no convenció, le dijo que si no lo perfeccionaba no formaría parte del reparto, Coppola entró en pánico y lo reescribió. De ahí esta gran continuación donde los hermanos se traicionan y condenan, Michael pierde a su esperado vástago en un aborto provocado de su infeliz esposa, la madre Constanza, serena y protectora, conversa entre sombras con el hijo elegido, Fredo y Michael huyen en la noche de una Cuba turbulenta con los combatientes castristas en sus calles, el maestro de la interpretación Lee Strassberg aporta uno de sus pocos personajes cinematográficos, Hyman Roth, el anciano gángster cuyas miradas y comedidas frases mueven los hilos y traicionan o protegen siguiendo los dictados de la Cosa Nostra.
Audaz estructura de saltos temporales, elipsis y montaje paralelo, y una sublime ambientación del director artístico Dean Tavoularis y su equipo. Coppola cuenta con aires bíblicos la vida de Vito desde niño, cuando se llamaba Vito Andolini y Don Ciccio mató a toda su familia en el pueblo siciliano, de ahí al barco donde los emigrantes miran con esperanza la costa y los contornos de la isla de Ellis, entre ellos un niño mudo, el huérfano sólo canta las tonadillas sicilianas de su madre, fuera en la ventana la estatua de la libertad dibuja algo similar a la esperanza. Un soberbio De Niro conforma las facciones de un Vito imberbe, se adivina la voz del Don, su serenidad, los sobrios gestos toman forma y los códigos intocables de la justicia, la familia y la lealtad se afianzan en su espíritu.
George Lucas advirtió a su amigo Coppola que tenía dos películas, que desechara una porque si no no funcionaría, menos mal que no le hizo caso y permitió que Vito asesinara sin remordimientos al indigno Fanucci, que Connie intentara que Michael no acabara con la vida del desdichado Fredo, que Al Neri comprendiera la orden en la mirada sin compasión del Don al abrazar a su hermano, y al fin, un Michael condenado por sus propias acciones,  un rey Shakesperiano caído en desgracia, sanguinario Ricardo III, confundido Macbeth, traicionado Rey Lear, quedará solo en la mesa y la luz se retirará poco a poco hasta que baje el telón.

Raúl Gallego

Artículo sobre El Padrino II, por César Bardés


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En 1974, Francis Ford Coppola, arropado por el éxito de El Padrino, con total control por parte del estudio y un talento descomunal, se rodeó del mismo equipo técnico de la primera parte, para ofrecernos las claves de la familia Corleone. Expandiendo una historia hacia atrás y hacia adelante, como nunca antes se había hecho en el cine, con riesgo y pericia, con un elenco de actores en estado de gracia y un relato que corre paralelo a la America del siglo XX, al  Capitalismo, al  Sueño Americano por antonomasia. En los ojos de Michael Corleone y los gestos de Vito Andolini, se concentran la tragedia y el precio por una ambición desmedida, un alto precio a pagar por el poder.

Coppola apostó por Robert de Niro para encarnar al joven Vito, un riesgo, dado el peso de Brando en la primera entrega y su impresionante caracterización del Don, pero Robert de Niro despliega una actuación simplemente extraordinaria, de la mano de Coppola da vida al joven Vito, vemos antes nuestros ojos, como se forja la voz, los gestos, el carácter de ese Padrino al que dio rostro Brando, absolutamente brillante.
Al Pacino no se queda atrás, apoyado en una frialdad pavorosa, se convierte en Michael Corleone, vemos al monstruo tras cada golpe que lo hace mas poderosa, tras cada jugada maestra, su humanidad se va perdiendo, mientras la obsesión de su padre, La Familia, se hace pedazos, justo cuando más la protege, cuanto más intenta salvaguardarla,  mas la destruye por dentro, con decisiones imperdonables….el pobre Fredo, da fe del gélido corazón de Michael, en el que no cabe la piedad. John Cazale en uno de sus papeles más inmensos.
Diana Keaton, Kate, tampoco soporta al ser en el que se ha convertido aquel  joven soldado que conoció, otra víctima de la ambición, con unos momentos junto a sus hijos inolvidables.
Robert Duvall, como el hermanastro Tom Hagen, también tiene extractos brillantes, esas escenas al atardecer con el viejo Pentangeli en la cárcel, son fascinantes, otro acierto de la película, suplir la baja de Clemenza, con Frank Pentangeli, Michael V. Gazzo, el traidor traicionado, el gánster de los viejos tiempos, que no puede escapar a los tentáculos de Michael Corleone…
En fin, una secuela portentosa, dos relatos a dos luces, gracias a la maravillosa fotografía  de Willis, revisitando espacios y situaciones comunes, que ya vimos en la primera película, alternando tiempos y tempos para conocer el origen y el destino de los Corleone, al abrigo de la magistral sintonía de Nino Rota, aún mas sutil, aún más melancólica si cabe. ..nos quedamos abatidos tras los cristales del ventanal de la mansión del lago Tahoe, junto a Michael, absolutamente solo. Acabamos de asistir a una  Elegía, una reflexión Shakespeariana sobre el poder, un trozo de la historia del cine…. EL Padrino Parte II.

En  la penumbra del estudio de Radiopolis, con los Cannoli en la mesa, el vino calentado la sangre y los ojos cegados por las miradas de Michael y la fiereza de Vito, esta noche lluviosa, comentamos la obra maestra de Francis Ford Coppola, José Miguel Moreno, Raul Gallego, Gervi Navío, nuestro oyente invitado, Dani Corleone, y desde las sombras del Cine, con la toalla de la crítica envuelta en llamas, nos apunta con su pluma… César Bardés.

Gervasio Navío Flores.










sábado, 23 de febrero de 2019

215 - Novecento 1976

























Olmo, hijo de campesino, Alfredo, hijo de terrateniente. Los dos nacen un mismo día de principios del siglo XX en los campos de la  Emilia Romagna italiana. Los dos en la misma tierra pero bajo diferentes techos, el de la opulencia para Alfredo, el del trabajo duro y la pobreza para Olmo.
Los jornaleros afilan sus guadañas ladera arriba, hartos de los llantos de sus hijos y de la escasez de un año de malas cosechas, el patrón vive bien, no le falta de nada, y cuando la cosecha es doble nunca paga el doble. Olmo crecerá fuerte y Alfredo acomodado, uno se politizará y se enamorará de una maestra comunista (Stefania Sandrelli), el otro
las verá venir,viajará a la gran urbe con su tío Octavio, el hedonista bon vivant, el burgués que le presentará a la bella y excéntrica Ada (Dominique Sanda).
Grandiosa y desmesurada, Novecento, un fresco de más de cinco horas de duración en dos actos, repasa la historia de Italia durante la primera mitad del siglo XX, el auge de los fascismos y los contrastes tan marcados de un relato de dos amigos íntimos, de la lucha de clases, la épica, la miseria, la amistad y la vergüenza se dan la mano en este Novecento, la ópera de Bertolucci, a la batuta el maestro Morricone.
La fuerza de la película radica en la amistad entre los dos niños que seguirán queriéndose de adultos, un Depardieu inmenso y primario, y un De Niro que aporta su clase al personaje del patrón. En el juicio de los aldeanos a Alfredo, el adolescente Leónidas le apunta con la escopeta, él también quiere matar y grita ¡Viva Stalin!. Poco después llegarán los camiones enviados por el capital y arrebatarán las armas a los revolucionarios, la propiedad privada gana.
Escenas inolvidables, los dos amigos con la chica epiléptica, el tren vestido de banderas comunistas pasando sobre el niño tumbado en la vía, Ada haciéndose la ciega y poniendo celoso a Alfredo,  Burt Lancaster en el establo con los pies enterrados en mierda de vaca y afirmando que la verdadera maldición es no poder empalmarse, el linchamiento del sádico Attila, brillante Donald Sutherland, y su esposa Regina, de los personajes femeninos más abyectos de la historia del cine, mérito de Laura Betti, y la poesía, la estética de las formas, el estilo de Bertolucci con la iluminación pictórica de Vittorio Storaro, los filtros dorados por los que contemplamos los bellos y bucólicos parajes y los cambios de las estaciones del año.
Bertolucci amaba a Jean Renoir, particularmente La regla del juego, en la que unos cazadores disparan a liebres y aves, esa muerte algo gratuíta la vemos en Novecento, en los tordos aún piando en el saco de Olmo, en la matanza del cerdo con dos certeros tajos, en el niño descalabrado por Attila, en las ranas que mueven sus extremidades tapando los ojos penetrantes del niño campesino, un Tom Sawyer a la orilla del Po.
En el recuerdo de un siglo caótico y letal, la puerta queda abierta y la vida entra, Ada no puede aguantar más el olor a cerrado de la hacienda y huye, ella tuvo valor, le espeta el amigo pobre, ella huyó de la injusticia, no se quedó como el patrón, el que planta y riega a los fascistas para que lo protejan, los fascistas no crecen como  hongos en una noche.

Raúl Gallego

Esta noche labramos la tierra y levantamos al cielo las banderas en un baile de utopías...

Raúl Gallego, Gervi Navío, y César Bardés.

Artículo sobre Novecento, por César Bardés

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viernes, 15 de febrero de 2019

214 - La Ciudad Desnuda 1948
























La ciudad vista desde el aire. Muestra una extraña desnudez, con su ropa interior de cemento y prisas, con sus misterios detrás de cada ventana, con su ruido ahogado hecho de asfalto. Un cadáver es encontrado y la brigada de homicidios comienza su trabajo. Nada es lo que parece. Un mentiroso compulsivo es uno de los testigos y un viejo sabueso se lanza a la caza del asesino. La ciudad desnuda es el perfecto escenario para mostrar el calor radiante de los suelos aplastados por las pisadas. Un joven policía realiza la labor de desgaste de suelas. Y un productor de cine, Mark Hellinger, pone la voz para narrar que la ciudad siempre está desnuda aunque no seamos capaces de darnos cuenta.
 La vieja loca que aparece. La asistenta que coquetea. La novia engañada. El niño que merece una regañina. La violencia que se esconde para aparece con toda su brutalidad. El final, hecho de hierro y soledad en las alturas, mientras se mira a una ciudad que parece trazada con un tiralíneas en el plano de las miserias. La ciudad se desnuda. Llena de excitación. Y las pistolas proporcionan el clímax. El calor arrecia. El odio se desata. La película es enorme. La ciudad también.
Jules Dassin dirigió con una maravillosa maestría este retrato urbano de muerte y de trasiego. Pensar en medio de tanta algarabía y de tanto calor, se convierte en toda una muestra de heroísmo y de audacia. La casualidad también tiene que aliarse para que el misterio llegue a ser resuelto. Y por ahí está esa vieja figura, pequeña, casi insignificante, de un veterano investigador que canta mientras desayuna, que siempre tiene un toque de humor preparado para que sus hombres trabajen con ánimo, que discurre con agudeza y concluye con brillantez y que está espléndidamente interpretado por Barry Fitzgerald, atípico policía de mirada difusa y pensamiento decidido. La satisfacción de resolver es la paga. El resto es dar rienda suelta al encerrado instinto de la gran ciudad.
Con una fotografía que se acerca al documental, unos personajes soberbiamente dibujados, casi grotescos en una ciudad que esconde demasiadas vergüenzas, La ciudad desnuda es una obra maestra del cine negro que merece ser redescubierta para darse cuenta de la originalidad de sus planteamientos, de la atipicidad de sus personajes, del peligro constante en el que se vive en una urbe que camufla los gritos, que urde demasiadas tramas, que recibe y nunca paga, que es piedra destartalada y baldosas de desánimo, que lucha y aburre pero no pierde, que es un callejón sin salida para quienes construyen sus vidas en mentiras. El asesinato construye su casa entre sus calles. Es el precio de ver a la ciudad desnuda y cansada, con luces de vuelta esperando el sol de ida. Es perder todos los días un poco aunque la victoria también pase por allí y solo dure unas horas. Horas de trabajo. Horas de deber. Minutos de satisfacción.

César Bardés

Esta noche sentimos el pulso cansado de la ciudad a medida que entra la noche en Radiopolis...

José Miguel Moreno, Raúl Gallego y César Bardés.

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viernes, 8 de febrero de 2019

213 - Correspondencia Mekas-Guerín 2011

























Thoreau dijo que el mundo es un lienzo que llenamos en nuestra imaginación. Jonas Mekas y José Luis Guerín intercambian correspondencias filmadas, expresan experiencias a través de la cámara, sensaciones, pulsiones, pensamientos, fragmentos de realidad. Diálogos visuales entre dos trovadores del cine, dos creadores alejados de la industria y de lo convencional. Guerín profesa su admiración por el artista lituano en cada carta y cada comentario, Jonas le responde con su bonhomía y vitalidad, filma el metro, los tejados, la fina nieve cayendo sobre Brooklyn, los libros en una estantería, el tronco del gran árbol que ve cada día desde su ventana enlaza con las ramas enredadas contra el cielo nublado de su colega de profesión. Los gatos somnolientos de Mekas, los desarraigados en Venecia de Guerín, las fachadas con fechas grabadas de principios del siglo que inauguró el cine, Guerín reflexiona en voz alta, camina entre sombras y destellos, agradece al maestro que cogió el testigo de los operadores de los Lumière, el emigrante que necesita filmar como quien respira, buscar retazos de belleza en la sencillez de un atardecer en Central Park. Mekas celebra la vida y se celebra a sí mismo como Walt Whitman, imágenes desenfocadas, luces movidas, el artista toma vino y come ante su cámara, un Guerín más metódico y reflexivo le contesta con la tumba del Ozu y unas mujeres ríen nerviosas junto a las lápidas del cementerio.

Raúl Gallego

Esta noche En Radiopolis intentamos descifrar la verdad en los collages de dos artistas de la imagen...
José Miguel Moreno, Gervi Navío, Manuel Broullón y Raúl Gallego.

 

domingo, 3 de febrero de 2019

212 - A la Caza 1980


























En los clubes de ambiente del East Village  de New York se citan hombres con chupas de cuero, el humo y la música a todo volumen los envuelve, el ritual nocturno de miradas y contactos se repite una vez más. El asesino anda suelto, los encuentros fugaces finalizan en sangre y las víctimas comparten rasgos, pelo negro, facciones marcadas. El jefe de policía (Paul Sorvino) busca un agente con ese aspecto para que se infiltre en ese submundo gay, debe ser el cebo, la próxima víctima, y a Steve Burns (Al Pacino) la misión le parece perfecta para subir en el escalafón, es un policía ambicioso.

Capitán Edelson: "¿Te la ha chupado alguna vez un hombre?"
Steve  Burns: "Un hombre? ¿Ja! No... "
Capitán Edelson: "¿Y tampoco te la han metido nunca..?"
Steve Burns: "Que cachondo es usted. Esto es una broma , ¿no?. "

Friedkin intentó escandalizar al personal y lo consiguió con Cruising, un documento impagable de la época entre finales de los setenta y principios de los ochenta, aquellos años de desfase y libertad anteriores a la irrupción del SIDA. Friedkin se obsesionó con la historia de un figurante que salía en su gran éxito El exorcista, el asistente del neurólogo que hacia pruebas a la niña poseída poco después apareció en los titulares de periódico, era un asesino en serie de gays que encontraba en los clubs de la noche neoyorquina.
Pacino leyó el guión y le gustó, después incluso la defendió contra las protestas y las acusaciones de homofobia afirmando que el submundo y los tugurios eran sólo una parte de la comunidad gay, la parte negativa. En este policiaco todas las relaciones tiene un toque de perversión, la clandestinidad de un garito y los encuentros sórdidos en el parque iluminado por las farolas. Un mundo ambiguo donde los policías quieren ser buscadores de sexo y los clientes se disfrazan de policías, la ambivalencia y la austeridad, la confusión de identidades, la delgada línea que separa al asesino del criminal. Pacino se afeita y se mira al espejo, ha probado la euforia del popper, la lujuria, el sudor y la grasa en los antebrazos, nuevas sensaciones. La evolución emocional de un tipo que indaga en la depravación , la expresión inocente pasa a ser enigmática. Ya nunca será el mismo.
                                                             
Raúl Gallego

Esta noche nos calzamos en pañuelo en el trasero y nos vamos de clubes por el East Village de New York…

Raúl Gallego, Fernando Rivas, Gervi Navío y nuestro crítico al teléfono, César Bardés.


Artículo sobre A la Caza, por César Bardés




Título original: Cruising
Duración: 106 min. Estados Unidos.
Director: William Friedkin
Guión: William Friedkin
Música: Jack Nitzche
Fotografía: James A Contner
Reparto: Al Pacino, Paul Sorvino, Karen Allen, Richard Cox, Joe Spinell, Don Scardino, Powers Boothe.
Productora: Lorimar / CiP - Europaische Treuhand AG



viernes, 25 de enero de 2019

211 - Zona Hostil 2017

























Nos adentramos en Zona hostil para una misión de rescate, hay que recuperar “el sonido de la vida”, un helicóptero medicalizado del ejercito español, que está en Afganistan realizando labores humanitarias y sufre un accidente en territorio insurgente. La premisa es simple, la apuesta de Adolfo Martinez para relatar este episodio de nuestro ejercito es sorprendente, con pulso clásico y aires épicos, asistimos a una brillante película de género, una obra bélica que deja ideologías y panfletos fuera de la pantalla, para centrarse en lo humano, en contar las vicisitudes de un puñado de militares españoles, legionarios, médicos, novatos, veteranos, soldados, oficiales….hombres y mujeres puestos al limite, para ver de verdad lo que llevan dentro, estamos en Zona hostil y tenemos una misión que cumplir.

En 2017, con apoyo de las fuerzas armadas y el ministerio de defensa español, Adolfo Martinez, director de origen estadounidense con un extenso bagaje en Hollywood, debuta en la dirección con esta película de acción, con aura de Western, magníficamente bien rodada, que describe un hecho real, con las lógicas licencias, que sufrió el ejercito español en Afganistan.
Al realizar una acción de rescate de un convoy americano, un Helicóptero mediatizado sufre un accidente y queda varado en zona enemiga, el alto mando decide rescatar a los heridos y también al helicóptero siniestrado, es una acción arriesgada y sin precedentes.

El resultado es una brillante obra que maneja la épica, la emoción, la angustia, la camaradería y la sangre con un impecable despliegue técnico y un soberbio trabajo actoral. Apoyado en un gran guión, el elenco desarrolla y profundiza esta historia dotando de alma a esos militares españoles, a destacar el impresionante trabajo de Ariadna Gil, personificando a la Capitan Médico Varela, en su rostro y sus ojos cansados está la terrible carga que supone no poder salvar a todos los heridos, a todos los niños que la maldita guerra mutila. El conflicto interno que sostienen el resto de personajes también es interesante, el Capitán Torres, Roberto Álamo, con un matrimonio en destrucción, el joven Teniente Conte, Raúl Mérida, abrumado por el peso de su apellido, la novata Cabo Sanchez, Ingrid Garcia Jonsson, el temerario Comandante Ledesma, Antonio Garrido, el veterano y curtido Sargento 1º Aguilar, Jacobo Dicenta…etc. Gracias a una magnifica dirección de Adolfo Martinez, que controla y retiene a sus actores para que se carguen de emoción y verdad, en esta atípica obra española que se sumerge en un género poco tratado por nuestro cine.

Enorme la banda sonora de Roque Baños, que armoniza la historia, mezclando sonidos árabes con elementos de cuerda, metal, piano y percusión, para hacernos sentir esa arena del desierto y acrecentar la angustia de un rescate en los limites de la resistencia física y mental.
La patrulla perdida de Ford, o Fort Bravo de Sturges, se vislumbran en el horizonte. Un episodio en la vida de un puñado de militares perdidos en cualquier desierto, en cualquier país…poco importa, ellos son lo que son, profesionales, soldados, con una misión, con un objetivo y un lema, nadie se queda atrás, absolutamente nadie….

A los pies de la torre derruida de Radiopolis, apiñados en la tienda de campaña, apagando la luz para no delatar nuestra posición cada vez que entra o sale alguien, rumiando la noche y el combate que traerá el alba, compartimos camaradería y honor, José Miguel Moreno, Gervi Navío y nuestro criticó profesional, César Bardés, que entona una sentida y emocionante oración por los caídos, un espíritu por los caballeros legionarios que afrontan su destino esbozando una sonrisa.

Gervasio Navío Flores.

Artículo sobre Zona Hostil, por César Bardés

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lunes, 21 de enero de 2019

210 - El Padrino 1972





















“No deshonrar a la Familia”. El primer mandamiento lo pronuncia el funerario Bonasera, abre el clásico inmortal de Coppola, e inaugura su magnífica trilogía sobre los Corleone. 
Van desfilando por el despacho de Don Vito los conocidos, invitados a la boda de su hija, a pedir favores y hacer negocios. En la penumbra el imponente patriarca acaricia su gato, hombre de pocas palabras. Bonasera quiere vengarse de los que desfiguraron a su hija. “Por qué acudiste a la policía antes que a mí?”. La justicia de los sicilianos suele ser más eficaz que la del sistema de país que los acogió, América, la tierra de las oportunidades, América ha sido buena con ellos. Desde el segundo uno el imponente Don y su rictus en la sombra quedan grabados en la mente. De ahi a la boda luminosa y coral. Los tipos humanos van dibujándose, Fredo, el hermano pusilánime y más débil, Tom Hagen, el hijo adoptado, fiel Consigliere, asesor en todos los asuntos importantes, Sonny, Santino, el mayor, fuerte y demasiado impulsivo, y el favorito del Don, Michael, el modélico joven recién llegado de la guerra mundial, al que esperan en la foto de familia, ni él ni su novia, Kay, podrán huir nunca del destino ya marcado. En una conversación entre padre e hijo, Don Vito le confiesa que quería otra posición para él, lejos de la Mafia y sus corruptelas. La esquizofrenia de vivir en una aparente normalidad, en la mesa no se habla de negocios, comenta Sonny Corleone y la Madre, la Mamma, le mira serena y orgullosa. La reticencia de Don Vito a la propuesta del otro capo, Sollozzo. No ve con buenos ojos ese negocio de las drogas que tanto dinero mueve, no es como el mundo del juego, el alcohol o la prostitución, diversiones practicadas por la mayoría aunque estén prohibidas por la iglesia. No es tan fácil comprar a la policía y a los políticos cuando hablamos de narcóticos.
Coppola estaba pasando por un momento difícil en su carrera, necesitaba dinero y de nuevo la apuesta le salió bien. Con la espada de Damocles de la Paramount sobre su cabeza, exigió a Marlon Brando para el papel principal, en contra tenía a la Productora que no confiaba en su personalidad conflictiva y caprichosa. Otra de sus peticiones para adaptar la novela de Mario Puzo fueron las facciones italianas y el saber estar de un bisoño Al Pacino para Michael, y vaya si acertó con ambos.
El poder, el honor y la sangre, la que une y la que se derrama por dinero. Momentos grabados a fuego, Brando llora impotente en una habitación de hospital, consciente ante los redaños de su sucesor en la dinastía, no puede ser otro. Conversaciones, susurros y besos en la mano, tiroteos y naranjas, vendettas, policías corruptos que se atragantan con una bala, o los espléndidos pasajes en el pequeño pueblo de Sicilia, donde Mike se retira para quitarse de en medio, allí perderá para siempre el último atisbo de inocencia.

Raúl Gallego

Esta noche les hacemos una oferta que no podrán rechazar en Radiopolis…

Gervasio Navío, Manuel Broullón y Raúl Gallego.


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“I Believe in America…” empieza diciendo Bonasera, el funerario, cree en America pero acude a Don Vito Corleone pidiendo justicia….se abre el plano, poco a poco retrocede la cámara y nos encontramos con la figura del Don, Marlon Brando, en uno de sus papeles más portentosos, en la penumbra del despacho de Vito Corleone se piden favores y se rinden pleitesías, fuera, la Luz ilumina la boda de su hija Connie, un despliego de maestría y montaje por parte de Coppola para un arranque excepcional, en la fiesta nos presenta a los personajes de ese mundo que gira entorno al poder.
Vemos a Sonny el impetuoso hijo mayor, increíble James Caan, Fredo el más débil, vaya aura que crea Cazale, Tom, el hijo adoptivo de origen irlandés, no acaba de pertenecer, aun siendo Consigliere, no es siciliano, está dentro de la familia pero sigue sin estarlo completamente, magnífico Duvall, hasta llegar a Michael, un imponente y joven Al Pacino, que despliega todo su talento para encarnar al hijo pequeño de Vito Corleone, el más inteligente, al que le tenía reservado un futuro lejos de los gánsters, pero el destino, como siempre, persigue su presa sin piedad, y a Michael le reserva una oscura travesía…

La película que salvo Hollywood, que devolvió la gente a los cines en masas, un proyecto de la Paramount, con un joven director, un Best Seller y un presupuesto mediocre, pero Coppola tenia otra cosa en mente, desde su amor al cine clásico elevó su propuesta a otro nivel, se rodeó de auténticos genios, Gordon Willis en la fotografía, Tavoularis en el diseño de Producción, Nino Rota en la banda sonora y sobre todo, de un elenco de actores formidable, los citados Brando, Pacino, Caan, Duvall y una pléyade de desconocidos que dotan de vida a sus personajes, Tesio (Abe Vigoda), Clemenza (Castellano), Sollozzo (Al Lettieri), viejas glorias como Sterling Hayden y su inolvidable Capitan McCluskey, etc. En conclusión, estamos ante una absoluta obra maestra, que atravesó dificultades y vicisitudes hasta convertirse en una leyenda.
Sin olvidar uno de los puntos más importantes, la escena entre Al Pacino y Marlon Brando, rodada meses después y que dotaba de alma a la historia, ese traspaso de sabiduría y consejos que tuvo que escribir Robert Towne, al solicitarle ayuda Coppola, una escena formidable, el jardín, un padre y un hijo, hablando del futuro, de la experiencia, un episodio que completa el puzzle.

El Padrino es un ensayo sobre el poder, sobre los conflictos morales de la familia, sobre la soledad, la traición, las conspiraciones, en fin, Shakespeare, la Antigua Roma, el Viejo Testamento….la esencia de los hombres.

Esta noche, en la tiniebla del estudio de Radiopolis, besamos la mano de Francis Ford Coppola, Manuel Broullón, Raúl Gallego y Gervi Navío.

Gervasio Navío Flores.

















Título original: The Godfather
Duración: 175 min. Estados Unidos.
Director: Francis Ford Coppola
Guión: Francis Ford Coppola, Mario Puzo.
Música: Nino Rota
Fotografía: Gordon Willis
Reparto: Marlon Brando, Al Pacino, James Caan, Robert Duvall, Diane Keaton, John Cazale, Talia Shire, Richard S. Castellano, Sterling Hayden, Gianni Russo, Rudy Bond, John Marley, Richard Conte, Al Lettieri, Abe Vigoda, Franco Citti, Lenny Montana, Simonetta Stefanelli, Al Martino, Joe Spinell.
Productora: Paramount Pictures / Albert S. Ruddy Production


















Francis Ford Coppola: El Precio del Creador





















En 1966, Stanley Kubrick impartió un ciclo de clases magistrales en la universidad de Nueva York. Sus clases empezaban siempre así: “Ante todo, debéis defender, por encima de cualquier otra consideración, vuestra libertad de artistas y creadores. Si no veláis por ella, vuestros potenciales talentos quedarán diluidos por los intereses comerciales que imperan en el mundo del cine”. Entre los alumnos de aquella clase que escuchaban atentamente se encontraba Francis Ford Coppola. Años después, en el 78, a Kubrick le preguntaron cuál era su cineasta favorito. Lacónico, como siempre, Kubrick no lo dudó: “Francis Ford Coppola”. El periodista, deseoso de arrancar más palabras al director, insistió: “¿Algún otro?”. Kubrick, impasible, respondió con otra pregunta: “¡Ah! ¿Pero es que hay otro?”.
Es evidente que la carrera de Francis Ford Coppola dista mucho de ser ideal. Después de una carrera como guionista destacando sobre todo en el cine bélico con ¿Arde París?, de René Clément o Patton, de Franklin J. Schaffner. Sus inicios detrás de las cámaras fueron modestos, con películas íntimas e intimistas como Ya eres un gran chico o Llueve sobre mi corazón y unos cuantos escarceos dentro de la factoría Corman como Dementia 13. Incluso sorprendentes, como ese cuento musical que hizo que Fred Astaire nos regalara sus últimos pasos de baile con 70 años a la espalda en El valle del arco iris. Coppola fue unos metros más allá cuando le cayó encima el encargo de dirigir la adaptación de la novela de Mario Puzo El padrino. El resultado es bien conocido: aplauso unánime de público y crítica como recompensa a un trabajo modélico, lleno de lecturas, de violencia seca y mirada incisiva con una dirección de actores legendaria y una fotografía del gran Gordon Willis que ya forma parte de la historia.
No contento con ello y ya instalado en la opulencia, Coppola contrató a Mario Puzo para escribir la segunda parte y, nuevamente, da en el clavo al alcanzar prácticamente la perfección narrando el antes y el después del primer segmento y colocando a un impresionante y, por entonces, casi desconocido Robert de Niro en el papel de Vito Corleone en sus años jóvenes. Las dos películas, incuestionablemente, son dos obras maestras del cine moderno. A pesar del éxito, Coppola al recibir su primer y único Oscar como director dijo: “No se preocupen. Solo haré El padrino III cuando necesite dinero”. Entre ambas, rodó una maravillosa historia titulada La conversación, haciendo gala de un ritmo lento hasta la exasperación pero con una maestría espectacular que deja a su modelo Blow up, de Michelangelo Antonioni en una mera anécdota. Coppola roza la obra maestra contagiando al espectador de esa cadencia casi inexistente que abarca una trama de múltiples lecturas incluso históricas. Curiosamente, aquel año se dio la circunstancia de que La conversación tuvo que competir por el Oscar a la mejor película con El padrino II. Con una posición económica inmejorable, Francis Ford Coppola se atreve con el proyecto más ambicioso de toda su carrera con el improbable título de Apocalypse now. Con elementos del guión que Orson Welles escribió para la adaptación que nunca llegó a realizar sobre El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad, el director traslada la acción a Vietnam con tan singular acierto que la prensa norteamericana llegó a decir que “Apocalypse now no es una película que trate sobre la guerra de Vietnam. Es Vietnam”. Sin embargo, el rodaje estuvo cuajado de dificultades. El reparto fue difícil de conseguir. Coppola tuvo que aceptar a Martin Sheen como protagonista de la película después de que Robert Redford y Steve McQueen, entre otros, rechazaran el papel. El rodaje tuvo que pararse varias veces debido a dos crisis cardíacas que afectaron al propio Martin Sheen y a dos tifones y un huracán que se llevaron por delante la mayor parte de los decorados y del equipo técnico unido al problema que surgió con un ayudante de fotografía al que Coppola despidió y que, en venganza, robó parte del negativo original que iba enviando en pedacitos pequeños por carta personal al propio Coppola. Tras casi dos años de rodaje, cuando estaban previstos seis meses, y la ruina total del propio Coppola que confesó que “si el rodaje hubiera durado una semana más, mis hijos no hubieran tenido qué comer”, el resultado es fascinante. El caos, el horror, la furia, la guerra, el Apocalipsis, la cordura mantenida en un entorno de locura, las referencias tribales, el poder, lo absurdo, lo siniestro y lo sublime se dan cita en esta compleja historia, obra maestra indiscutible en todas sus acepciones y que Coppola hizo porque cree con firmeza que “una película puede cambiar el mundo”.
Se asocia con George Lucas y con Steven Spielberg para financiar una de las últimas películas del maestro Akira Kurosawa, Kagemusha, y, a la vez, empeña todo su capital obtenido con los beneficios de Apocalypse now para hacer el musical Corazonada. De fascinante factura visual al ser realizada íntegramente en interiores (incluidas las escenas que simulan exteriores) y con una sensibilidad estética en el uso de fundidos, iluminación y sobreimpresiones que raya en la absoluta perfección poética, la película se resiente de un guión muy débil, con muy poca claridad en la composición de los números musicales a pesar de que la coreografía fue supervisada por Gene Kelly. La aventura supone un fiasco económico de tal calibre que Coppola tiene que vender los estudios de su propiedad y desmantelar su compañía productora Zoetrope.
Acepta un encargo de ese lince de la producción llamado Robert Evans para dirigir Cotton Club que, sin embargo, es una película de enorme sello personal sobre la época de la prohibición, las grandes bandas de jazz, el claqué y el mítico club cuyas principales estrellas eran de color negro pero no dejaban entrar a nadie que no fuera de color blanco. La película es de una belleza indiscutible y es magistral su final con la acción paralela del fantástico número bailado por Gregory Hines Los zapatos se van de viaje (una especie de tap acapella) combinado con el tableteo de las ametralladoras acribillando a un loco holandés que se atreve a desafiar al todopoderoso Charly Lucky Luziano. Sin embargo, los costes de producción se dispararon hasta tal punto que Evans puso los derechos de exhibición a un precio tan elevado que muchos países retrasaron su exhibición varios años (entre ellos, España) y, a pesar de que artísticamente es pura fascinación, no se obtienen beneficios.
Con el fin de ganar dinero, pues no tiene ni para pagar la hipoteca de su casa, Coppola sigue dirigiendo películas de encargo a las que, no obstante, consigue imprimir un sello muy personal a pesar de su temática juvenil. Ahí están Rebeldes y La ley de la calle, rodada en blanco y negro la segunda y que hacen que consiga reunir el suficiente efectivo como para financiar la aventura en el cine negro de Wim Wenders El hombre de Chinatown, una buena película que resultó un fiasco porque los dos llevaron una malísima relación pues, de forma muy curiosa, Coppola no dio la suficiente independencia al director alemán.
Dirige a continuación un proyecto muy personal, Tucker, biografía de un famoso advenedizo de la industria automovilística que guarda más de un parecido con el propio Coppola y que obtiene un éxito moderado que le ayuda a recuperarse. Seguidamente, acepta otro encargo que realiza con una sabiduría excepcional titulada Jardines de piedra, sobre la vida militar en retaguardia en plena guerra de Vietnam. Un lugar donde el negocio de los soldados era matar y el negocio iba muy bien. En retaguardia, el negocio era enterrar y el negocio iba mejor.
Después de dirigir el episodio Vida sin Zoe, de Historias de Nueva York, Coppola necesita de nuevo dinero y se decide por dirigir El padrino III. El éxito, por supuesto, es instantáneo aún siendo inferior a las otras dos pues Coppola debe reescribir el guión a última hora debido a la desorbitada cantidad que exigió Robert Duvall para volver a encarnar al leal Tom Hagen. A pesar de que le llueven las críticas por incluir en el reparto a su hija Sofía (el nepotismo de Coppola ha sido frecuente) muy por debajo de sus dos primeras elecciones como fueron Winona Ryder y Bridget Fonda que apareció finalmente en un papel muy breve, la película es brillante sobre todo en su parte final con ese paralelismo preclaro y terrible de la trama con la sensacional ópera Cavalleria Rusticana, de Pietro Mascagni. En esta ocasión, el que se lleva los honores interpretativos es Al Pacino que ya brilló en las dos primeras partes con luz propia y que encarna por tercera y última vez al atormentado Michael Corleone. Estrenado el film, Coppola declaró: “Ya tengo escrita El padrino IV…pero solo la haré cuando me haga falta dinero”.
Con capital suficiente en el bolsillo adapta con enorme sentido visual Drácula, fascinante recreación del universo de Bram Stoker, con una estética soberbia e impactante que decepciona a una parte del público que espera una narración terrorífica y se encuentran con una apasionada y apasionante historia de amor, respetando así las intenciones del libro que escribió Stoker y que ha atravesado nuestra imaginación durante océanos de tiempo. Desde entonces, solo productos de encargo, algún riesgo en la producción de películas como El jardín secreto, de Agnieszka Holland, o algún acierto un tanto impersonal como Legítima defensa y dos incursiones en el cine más personal de Francis Ford Coppola, ambas fallidas, como El hombre sin edad, fábula sobre el tiempo y la levedad con Tim Roth, o Tetro, una especie de prueba que se pone a sí mismo para rodar una película sin apenas presupuesto, al estilo de un principiante pero que, aún así, contiene momentos de una rara belleza.
El cine ha enriquecido y arruinado varias veces a Francis Ford Coppola pero él, como su maestro Kubrick, se siente servidor de un arte que ha dejado de serlo para convertirse en un simple mercado de imágenes. Es el precio que ha tenido que pagar por ser un creador insobornable salvo por necesidad, uno de los más grandes del cine contemporáneo, de ese cine considerado como la sublime expresión de la belleza que es capaz de inventar el ser humano. Aunque sea, como muchas veces él mismo ha llevado a cabo, la belleza del caos. Aunque tengamos que ver, ojalá, una cuarta parte de El padrino.

César Bardés.


sábado, 12 de enero de 2019

209 - Jeanne Dielman, 23, Quai du commerce, 1080 Bruxelles 1975

























En plano estático a ras de suelo, una mujer abstraída en sus quehaceres domésticos. Con facciones de maniquí y movimientos metódicos, apaga la luz, pone la estufa, prepara patatas hervidas, lustra los zapatos del hijo con betún. Jeanne Dielman vive con su hijo en un apartamento de Bruselas. La protagonista de este largometraje se emparenta con su corto pionero “Saute ma Ville”, en el que una chica de 18 años huye de su vida doméstica en Bruselas, ya encerrada en una cocina desea que explote todo. La represión del deseo filmada con una quietud y naturalidad que acentúan la claustrofobia. Chantal quiere que el espectador sienta el paso del tiempo, que construya algo nuevo sobre lo que se proyecta en la pantalla. Asistimos impertérritos a la preparación meticulosa de unos filetes empanados, al ritual de pelar patatas sentada en la mesa de la cocina, la liturgia de una mujer cuya misión en la vida es cuidar de su hijo. Tareas domésticas ocultas para ingresar un dinero extra en casa, hombres pasan periódicamente por su habitación de paredes verdes de sala quirúrgica . Jeanne coge el sombrero y el abrigo del cliente con una ceremonia mecánica y repetida. En uno de los escasos diálogos con el hijo antes de acostarse, él adolescente asegura que si él fuera mujer, no podría acostarse con alguien a quien no amara, la madre responde que él no es mujer, por tanto nunca sabrá como piensa una.
Ambigua, inestable, enigmática, hija, ante todo mujer y cineasta, el desgarro interior de Chantal busca el consuelo de Jeanne en la melodía al piano, escribir y sentir el trazo de la pluma sobre el papel, responder las cartas banales de su hermana, correspondencias cruzadas y una radio desde donde llega voz de una cantante lejana, el soniquete se pierde en la monotonía de otra tarde más. Llegará la noche y las luces de un anuncio exterior parpadearán en la intimidad, quedándose allí para siempre como el sentimiento de culpa, anestesia del dolor y antesala de un desenlace tan rompedor como la obra entera de la realizadora belga.

Raúl Gallego.

Esta noche hipnotizados, intentamos mantener la vista sobre las tijeras en el tocador de Radiopolis…

José Miguel Moreno, Raúl Gallego, Manuel Broullón y Zacarías Cotán.

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lunes, 31 de diciembre de 2018

208 - Especial: La importancia del primer cero, con Oti Rodríguez Marchante.

























Andrés, Fredi, Paula e Iñaqui cumplen diez años. Igual que la tos anuncia el catarro; o que la risa, o las golondrinas, la primavera, notan el peso de su primer cero.

Noche especial en el estudio de Radiopolis. Nos acompaña Oti Rodríguez Marchante, crítico y amante del cine y las letras, y nos presenta su último libro.  Un programa que viene del cine y tiene que ver con la literatura, la mirada de un hombre sobre la infancia y unos ojos negros que miran desde el interior de un autor. Hablamos sobre la diferencia, la hermandad, los recuerdos y los colores que nos ofrece el mundo, sobre La importancia del primer cero. José Miguel Moreno, Zacarías Cotán y Manuel Broullón conversan con Oti esta noche.



martes, 25 de diciembre de 2018

207 - La muerte de Luis XIV 2016 - Roi Soleil 2018






































En las postrimerías de su vida, el Rey Sol anhela mujeres y parajes, comidas y vinos castellanos que ya no le adoran. El que fuera el más grande de los monarcas franceses ya no es en su propio reino bien servido. Cortesanos aplauden sus almuerzos, visten y calzan o hasta empujan su silla hasta un consejo de ministro que nunca presidirá; en realidad muy solemnemente lo han abandonado. Sólo queda esperar, encangrenarse un poco más, perder los apetitos hasta que Dios venga por el resto de su cuerpo. El cuerpo. Como en Honor De Caballería Serra recurre al mito para arrástralo por la historia, huyendo de un acercamiento reconocible en un género a la postre huidizo y embustero. El abandono, la miseria del tiempo en su condición putrefacta y la inacción como forma estúpida y aceptada de entretenimiento ritual, entonces y ahora, que parece disculpar lo grotesco. Brillante el director aunando muertes que nos obliga a sentir, con un impresionante Léaud, que mira a cámara de forma acusatoria antes incluso del terrible plano final que recuerda a La Misión, en su inicio, con una cínica disculpa : OTRA VEZ LO HAREMOS MEJOR.
La demolición del ideal europeo, en sus mas insignes constructores, Francia, la muerte de un rey y hasta la de un cine, encarnado en un Antoine Doinel-Jean-Pierre Leaud, "musa"de Truffaut, que muta su necesidad de amor a la cámara por un lento, amargo y trágico amanecer de un principio moderno.

José Miguel Moreno.

Tras La muerte de Luis XIV, el provocador de la imagen, el artista Albert Serra recupera la belleza de lo antiguo y lo contemporáneo, las sensaciones casi olvidadas. Modulador del tiempo como los más grandes, no tiene
 ni quiere tener nada que ver con las series repetidas ni el cine alimenticio de hoy en día, su obra se aleja del mimetismo y academicismo imperantes.
No busca el clímax, sino la abstracción del contexto y el contratiempo, la humanidad del primer plano y la casualidad-causalidad, la fotogenia del actor, la creación de atmósferas inéditas.
Los últimos momentos de la vida del Rey Sol, el enfoque de la agonía. El díptico sobre el aristócrata de la enorme peluca toma otro cariz. Para ser libre hay que aprender a reírse de la muerte, como del sexo, ya lo dijo Montaigne.
Una performance en una galería de Lisboa, con metraje filmado durante horas con una sola cámara monta el catalán la agonía de un hombre que se revuelca por el piso. Serra no sabía en ese momento que iba a terminar siendo una película lo que filmaba.  A veces el actor come galletas de una fuente, se coloca la incómoda peluca, se queja esperando el final, que se alarga, ya lo dijo el general tan mencionado últimamente muriendo en su cama en el hospital, la agonía casi siempre se alarga más de la cuenta. Nos vemos a nosotros mismos en la pureza de la representación. Códigos diferentes a los habituales espantan a los espectadores que se levantan del asiento, y desfilan, no quieren ver morir a un hombre, no quieren escuchar sus gemidos, no quieren destapar la farsa de las vanidades, buscan acción, nuevos impulsos que les lleven a la uniforme anestesia que tranquiliza.  En la pantalla el público del museo entra en el cuadro, somos nosotros mismos, curiosos, sentados en un escalón, paseamos alrededor del aristocrático fiambre, tenemos la certeza de la defunción del Rey.

Raúl Gallego.

Esta noche en Radiopolis contemplamos la abstracción subversiva de la obra de Albert Serra, el director nos habla sobre su forma de entender el cine, con José Miguel Moreno, Zacarías Cotán, Manuel Broullon, y Raúl Gallego.


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