La Gran Evasión

La Gran Evasión

miércoles, 2 de septiembre de 2015

51 - Primavera Tardía 1949




El arpa de hierba toca su melodía con delicadeza porque, al fin y al cabo, el viento tiene manos de mujer. La quietud del aire trae consigo la paz del espíritu y ella, Noriko, la mujer que, cuando sonríe, ilumina el universo, no quiere romper ese estado de ánimo. Quiere vivir la vida tal y como es, sin ataduras, sin más obligaciones que coquetear con quien le place, cuidar de su padre, ver a sus amigas, ser espectadora de un tiempo que la abandona con urgencia. La primavera llega tarde este año, Noriko. No dejes pasar el último tren para una última aventura.
El sake llena de sabor todo el paladar para dar una idea de la fuerza de la misma felicidad. “La felicidad hay que merecerla”, le dice el padre de Noriko a su hija. Y es así. Hay que trabajar por ella porque si no, se aburre y se va, en busca de un viento favorable, de una paz duradera, de un lugar donde todo encaja y nada hay que forzar. Noriko no quiere casarse, no quiere esa felicidad. Le basta con su padre, con la tranquilidad que siempre emana de él porque es un hombre que, en todo momento, sabe lo que está haciendo. Y lo hace sin vehemencias y sin importancias. Solo porque tiene la necesidad de hacerlo. Y hombres como ese ya no quedan demasiados. Tal vez, por eso, Noriko no quiere abandonarlo. Ella es una roca y lo será para el hombre que tenga la fortuna de dar con ella y quiere serlo para su padre. Y solo una mentira podrá darle una idea de la necesidad de que viva su propia vida. La vida de Noriko. Una vida que, todos y cada uno de los espectadores, saben que será feliz porque ella irradia la cualidad de atraer lo mejor de cada uno.


Noriko, Noriko, Noriko. Tres veces dijo tu nombre el gran director Yasujiro Ozu. Tal vez para dar lecciones sobre cómo vivir y sobre cómo comportarse. Ésta, Principios de verano y Cuentos de Tokio fueron los poemas donde se escribieron las estrofas de una mujer que Ozu sabía que existía pero que él mismo no quiso buscar salvo en sus películas. Quizá porque supo desde el primer instante que la ausencia de una Noriko en su vida sería como quitar la cáscara a la manzana, o, tal vez, quitar al mar su propia orilla. Y, en ocasiones, se prefiere la seguridad a la búsqueda incansable de un futuro que se abre a cada momento cuando la belleza, la luz, la ilusión, la verdad y el ansia de vivir están presentes ahí mismo, en los umbrales donde hay que quitarse los zapatos, en los pasteles de una charla intrascendente con una vieja amiga, en el momento eterno de estar en una playa con dos bicicletas y dejando vagar al espíritu que siempre pide libertad. Y ahí, sentados de rodillas, como un invitado más, Yasujiro Ozu nos invita a una última copa de sake para decirnos bien a las claras que tenemos corazón, que poseemos alma, que somos algo más que pedazos de carne con ambiciones, que el amor es todo lo que nos debería mover y que eso lo olvidamos, en muchas ocasiones, cuando decidimos buscar el refugio más seguro, se llame como se llame. Incluso aunque su nombre sea hogar.

César Bardés.

El grupo salvaje en cuadro comienza la segunda temporada de la Gran Evasión, rememorando esta bella oda japonesa,

José Miguel Moreno a la dirección, Raúl Gallego, Gervi Navío, y nuestro crítico de cine César Bardés.


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2 comentarios:

  1. No hay nadie como Ozu, un jarrón en la penumbra que cuenta una historia y te hace sentir....formidable, gran programa.

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  2. pues sí, poesía oriental en una historia bella, como el reflejo del agua del río y unas cañas de bambú sobre un lienzo, gracias

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