La Gran Evasión

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domingo, 3 de agosto de 2025

442 - Historia de un Vecindario - Yasujiro Ozu 1947

No es demasiado difícil encontrar similitudes, apariencias exteriores, entre la película de Koreeda, Un asunto de familia y la obra maestra de Yazujiro Ozu Historia de un vecindario. En ambas el amor vuelve a un lugar donde el vacío encuentra alguien que lo necesita, sin un vínculo de sangre que lo atestigüe.
El cine de Koreeda, sin embargo, muy honestamente, siempre se ha visto fuera por gustos propios del Gran Yasujiro Ozu. Koreeda llega a la emoción, llega a través de cada una de sus películas que son magníficas y también en Un asunto de familia, como Erice, otro maestro, a emocionarnos de tal forma que no podemos negar esas interrelaciones, esencialmente en su falta o en su reencuentro que vale mucho más que la presencia que de ella se presupone.
En el cine de Ozu, la historia es distinta. Si es Mizoguchi el que dice, entre Ozu y yo hay una gran diferencia. Yo hago de lo cotidiano algo extraordinario, pero Ozu hace de lo cotidiano algo ordinario. Lo que son esos barquitos que pululan a muy baja velocidad, por las bahías de los pueblos cercanos donde vive su protagonista, los que hacen emerger una tensión y una fase que va distando muy poco del ritmo del mundo que quiere entender las cosas. El cine de Ozu es un ritmo vital, de ahí la presencia de su relojes, y esa especie de oráculo que nos hace pensar en que en el tránsito de la emoción al entendimiento, aunque esté detenido de dolor, solo existe la fuerza, la necesidad de encontrar algo y la posibilidad de hacerlo a través de un imperturbable sentido casi místico de la contemplación, que es posible en el ciudadano entonces y ahora.
En realidad, hay un mantenimiento de la mirada, no hay una preferencia de los viejos sobre los jóvenes, porque unos fueron otros y los otros lo serán, porque lo importante es el aprendizaje, y a este solo se llega a través de la contemplación, de la eliminación de aquello que no es importante, y de la concreción del presente como una forma de vida que emerge y que alumbra los actos cotidianos y que hace desprestigiar la necesidad de la prisa o el miedo a lo que pasará, en ese futuro que no deja de ser presente continuo en cada una de las películas de Yazujiro Ozu.

JMM

Esta noche buscamos la raíz de la flor de loto…

Raúl Gallego, Zacarías Cotán y José Miguel Moreno.







































miércoles, 2 de septiembre de 2015

51 - Primavera Tardía - Ozu 1949


 
 
El arpa de hierba toca su melodía con delicadeza porque, al fin y al cabo, el viento tiene manos de mujer. La quietud del aire trae consigo la paz del espíritu y ella, Noriko, la mujer que, cuando sonríe, ilumina el universo, no quiere romper ese estado de ánimo. Quiere vivir la vida tal y como es, sin ataduras, sin más obligaciones que coquetear con quien le place, cuidar de su padre, ver a sus amigas, ser espectadora de un tiempo que la abandona con urgencia. La primavera llega tarde este año, Noriko. No dejes pasar el último tren para una última aventura.
El sake llena de sabor todo el paladar para dar una idea de la fuerza de la misma felicidad. “La felicidad hay que merecerla”, le dice el padre de Noriko a su hija. Y es así. Hay que trabajar por ella porque si no, se aburre y se va, en busca de un viento favorable, de una paz duradera, de un lugar donde todo encaja y nada hay que forzar. Noriko no quiere casarse, no quiere esa felicidad. Le basta con su padre, con la tranquilidad que siempre emana de él porque es un hombre que, en todo momento, sabe lo que está haciendo. Y lo hace sin vehemencias y sin importancias. Solo porque tiene la necesidad de hacerlo. Y hombres como ese ya no quedan demasiados. Tal vez, por eso, Noriko no quiere abandonarlo. Ella es una roca y lo será para el hombre que tenga la fortuna de dar con ella y quiere serlo para su padre. Y solo una mentira podrá darle una idea de la necesidad de que viva su propia vida. La vida de Noriko. Una vida que, todos y cada uno de los espectadores, saben que será feliz porque ella irradia la cualidad de atraer lo mejor de cada uno.


Noriko, Noriko, Noriko. Tres veces dijo tu nombre el gran director Yasujiro Ozu. Tal vez para dar lecciones sobre cómo vivir y sobre cómo comportarse. Ésta, Principios de verano y Cuentos de Tokio fueron los poemas donde se escribieron las estrofas de una mujer que Ozu sabía que existía pero que él mismo no quiso buscar salvo en sus películas. Quizá porque supo desde el primer instante que la ausencia de una Noriko en su vida sería como quitar la cáscara a la manzana, o, tal vez, quitar al mar su propia orilla. Y, en ocasiones, se prefiere la seguridad a la búsqueda incansable de un futuro que se abre a cada momento cuando la belleza, la luz, la ilusión, la verdad y el ansia de vivir están presentes ahí mismo, en los umbrales donde hay que quitarse los zapatos, en los pasteles de una charla intrascendente con una vieja amiga, en el momento eterno de estar en una playa con dos bicicletas y dejando vagar al espíritu que siempre pide libertad. Y ahí, sentados de rodillas, como un invitado más, Yasujiro Ozu nos invita a una última copa de sake para decirnos bien a las claras que tenemos corazón, que poseemos alma, que somos algo más que pedazos de carne con ambiciones, que el amor es todo lo que nos debería mover y que eso lo olvidamos, en muchas ocasiones, cuando decidimos buscar el refugio más seguro, se llame como se llame. Incluso aunque su nombre sea hogar.

César Bardés.

El grupo salvaje en cuadro comienza la segunda temporada de la Gran Evasión, rememorando esta bella oda japonesa,

José Miguel Moreno a la dirección, Raúl Gallego, Gervi Navío, y nuestro crítico de cine César Bardés.


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