Con un portentoso acabado formal, gracias a la fotografía de Freddie Francis y una no menos genial dirección artística, asistimos a una oscura y triste película, en la que poco a poco vamos viendo la luz a la vez que entramos en la sensible personalidad de John Merrick, a quien Lynch nos acerca de forma pausada, la misma que necesita él para confiar en el ser humano y abrir su corazón a las personas.
Sólo cuando el aspecto deforme de nuestro protagonista se nos hace familiar, el director comienza a mostrarnos ese mundo interior sensible, generoso y lleno de curiosidad, una personalidad especial que busca el contacto humano, porque ama cosas sencillas, como la amistad y el respeto mutuo. El personaje, magistralmente interpretado por John Hurt, es un marginado que se presenta como espectáculo por su deformidad no sólo en las barracas de feria, sino posteriormente entre las clases acomodadas o como rareza de estudio dentro de la investigación médica. En todos estos casos, Merrick es visto como una curiosidad, donde el aspecto humano no tiene cabida. Es un mundo donde la opresión está presente en todos los ámbitos. Sólo la casa del Doctor Treves (genial también Anthony Hopkins) ofrece un espacio de tranquilidad y felicidad. La habitación del hospital, "su hogar", tampoco ofrece seguridad, y mucho menos los espacios en los que pretenden explotarlo, donde la hostilidad y crueldad con la que es tratado resulta casi insoportable para cualquier espectador sensible.
El final es un prodigio de sencillez y emoción máxima, donde el personaje es consciente de estar viviendo su plenitud. Maravilloso reparto y película imprescindible.
Salvador Limón
.jpg)









.jpg)















.jpg)












.jpg)







