Con un portentoso acabado formal, gracias a la fotografía de Freddie Francis y una no menos genial dirección artística, asistimos a una oscura y triste película, en la que poco a poco vamos viendo la luz a la vez que entramos en la sensible personalidad de John Merrick, a quien Lynch nos acerca de forma pausada, la misma que necesita él para confiar en el ser humano y abrir su corazón a las personas.
Sólo cuando el aspecto deforme de nuestro protagonista se nos hace familiar, el director comienza a mostrarnos ese mundo interior sensible, generoso y lleno de curiosidad, una personalidad especial que busca el contacto humano, porque ama cosas sencillas, como la amistad y el respeto mutuo. El personaje, magistralmente interpretado por John Hurt, es un marginado que se presenta como espectáculo por su deformidad no sólo en las barracas de feria, sino posteriormente entre las clases acomodadas o como rareza de estudio dentro de la investigación médica. En todos estos casos, Merrick es visto como una curiosidad, donde el aspecto humano no tiene cabida. Es un mundo donde la opresión está presente en todos los ámbitos. Sólo la casa del Doctor Treves (genial también Anthony Hopkins) ofrece un espacio de tranquilidad y felicidad. La habitación del hospital, "su hogar", tampoco ofrece seguridad, y mucho menos los espacios en los que pretenden explotarlo, donde la hostilidad y crueldad con la que es tratado resulta casi insoportable para cualquier espectador sensible.
El final es un prodigio de sencillez y emoción máxima, donde el personaje es consciente de estar viviendo su plenitud.
Maravilloso reparto y película imprescindible.
Salvador Limón
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Soy un ser humano, no soy un monstruo. Merrick grita, suplica, perseguido por el gentío en la estación de tren de Liverpool Street, en Londres. Le acaban de arrancar el rústico saco que cubre su fealdad. Y como observadores de la ignominia nos preguntamos, no serán más horribles, más feos, los que acorralan a una persona para saciar su curiosidad malsana. La monstruosidad del que se mofa del débil, del deforme, la gentuza que lleva el celador a reírse del paciente, los niños que le arrancan el saco de lona que cubre su cabeza.
David Lych se sintió atraído ipso facto por el libreto escrito por De Vore y Bergren, inspirado en las memorias del doctor Treves, cirujano y protector de Merrick hasta su muerte. La deformidad, el sufrimiento inimaginable de un hombre aquejado de una extraña dolencia, con su cabeza, rostro y cuerpo lleno de excrecencias y protuberancias.
Una película conmovedora, nos desarma con ese ser vulnerable, un hombre inteligente estigmatizado por su aspecto. Solo le tratan como a un ser humano durante dos momentos en la película, en el encuentro en la habitación del hospital con la actriz teatral – Anne Bancroft- que le llama Romeo, y le coge la mano, y en su postrera liberación de su explotador – Freddie Jones- Los enanos trabajadores del circo le confortan, “Debemos ayudarnos entre nosotros”. El cirujano Treves es un hombre bueno, una lágrima surca su mejilla al ver por primera vez las condiciones y el aspecto de Merrick en la caseta donde es expuesto como una atracción de feria.
Para interpretar los personajes de esta historia basada en un caso real se contó con la actores de la talla de John Hurt , que sufrió los rigores horas y horas de maquillaje y tremendas prótesis, y Anthony Hopkins, el altruista médico, que llega a invitar a su casa al paciente, y lo presenta en la sociedad victoriana de la época.
Esta noche terminamos la maqueta de una catedral que solo podemos ver en nuestra imaginación…
Zacarías Cotán, Salvador limón y Raúl Gallego


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